El segundo día no recuerdo lo que hicimos por la mañana porque la tarde fue tan intensa en la Abadía de Westminster que se me ha borrado todo lo demás.
Habíamos reservado desde Madrid los tickets para asistir a los "Service of Lessons and Carols" a las cuatro de la tarde porque los de las doce de la noche estaban agotados.
Llegamos unos minutos tarde y ya había comenzado el servicio y se oían las maravillosas voces del coro.
Los ingleses son muy puntuales y no te perdonan ni un solo minuto de retraso, así que nos retuvieron frente a la gran puerta de la entrada principal y poco después un responsable de la Abadía, impresionante con su toga roja, nos dijo que los que teníamos tickets reservados que le siguiéramos.
Fue una suerte lo del retraso porque los que estaban ya dentro no tuvieron la oportunidad de ver la increíble zona del claustro por donde nos conducían al pequeño y privilegiado grupo.
Nos dejó junto a una misteriosa puerta y dijo que cuando terminase esa parte del coro saldrían y nos llevarían hasta nuestros asientos.
Y así fue, aunque la espera resultó más larga de lo que pensábamos, pero mientras anduvimos por este recóndito lugar con paredes y suelo cubiertos de tumbas, nombres y fechas de siglos atrás y como "el de la toga roja" se había marchado y estábamos solas con tres chicas más, pudimos hacer alguna foto en el mismo lugar que aparece en la imagen de la izquierda, pero más oscuro porque estaba anocheciendo.
Por fin salió otro impresionante guardián de la Abadía vestido
con traje negro y dorado que nos condujo hasta nuestros asientos. Yo no recuerdo que jamás haya sentido lo que sentí
en aquel momento rodeada de la indescriptible belleza de ese lugar único, las voces mágicas del coro, el sonido de la música que salía del grandioso órgano, en fin, que se me hizo un nudo en la garganta y las lágrimas me rodaban por las mejillas sin poderlas contener. Carol y Dora me miraban sonriendo al ver la emoción de la abuela Aca.
Yo no he sido nunca de iglesias, pero esta Abadía anglicana me hizo sentir lo que nunca había sentido en una Catedral católica. Era en día de Nochebuena y siempre lo recordaré mientras viva.
También ayudó a la emoción continua el poder seguir al pie de la letra las lecturas y los villancicos en inglés en el bonito libreto que teníamos en la silla al llegar y una velita que, casi al final, todos los cientos de personas allí congregadas iban encendiendo unos a otros. Se apagaron las luces principales de la Abadía y quedó iluminada por la llama de las velas mientras el coro y el órgano te ponían la carne de gallina. !Y otra vez a llorar! También a dar gracias por el privilegio de haber vivido una experiencia tan intensa a una edad en que sabes será la primera y última vez que estás en ese lugar y en esa fecha especial porque hay muchos otros lugares por ver y no demasiados años por delante.
Carol y Dora querían ver el famoso "The Poets Corner", pero no podía ser hasta el día siguiente. Lo intentamos pero este underground de Londres tan inmenso y complicado a veces, con esos recorridos larguísimos por los pasillos, cambios de línea, etc., hizo que llegásemos a la zona con el tiempo justo y como yo no podía correr les dije que me quedaba esperando por allí haciendo fotos y ellas se fueron a toda mecha pero aun así llegaron a la puerta diez minutos tarde y ya no las dejaron pasar. Fue una pena pero podrán hacerlo en un próximo viaje.
Allí están recordados y enterrados los mejores y más famosos poetas y escritores.
Me he quedado enamorada de esta Abadía que tantas veces había visto en la tele cuando se casan los miembros de la Royal Family, pero verla en la realidad y estar allí dentro es otra historia, sobre todo en una ocasión tan especial como las celebraciones de Navidad.
El otro enamoramiento arquitectónico es el maravilloso Parlamento. No creo que haya otro tan bello en el mundo.
¿Y la estación de San Pancras? No la había visto en mis viajes anteriores a Londres y es una belleza.
continuará...







No hay comentarios:
Publicar un comentario