Comenzaron a ser más habituales y especiales a partir de mi etapa de trabajo con los chicos.
Había cumplido los 65 años y disponía de las pensiones de Australia y España y los ingresos extra de mi trabajo me permitían hacer planes de viajes que tenía en mente hacía muchos años.
No recuerdo exactamente el orden en que los hice, pero uno de los primeros fue a Amsterdam.
Qué ciudad más bonita! Fue una escapada de tres días muy bien aprovechados.

Era pleno invierno y antes de aterrizar vi la ciudad con un manto blanco de nieve y los canales helados, pero iba bien preparada para el frío.
Se veía gente patinando en los canales. No es el Amsterdam primaveral de los tulipanes, pero era maravilloso.
Desde el aeropuerto hay un tren directo a la estación central y en el camino fui disfrutando de paisajes increíbles.
Al salir de la Amsterdam Centraal a la gran plaza que te recibe, lo primero que llama la atención es el canal de enfrente y apoyadas en la baranda del puente, cientos de bicicletas, unas encima de otras y la mayoría libres de cadena alguna, vamos, que se las puede llevar el primero que llegue.
Fue mi primera foto y me la hizo un guapo holandés errante que pasaba por allí. Además es muy especial porque en aquella época yo tenía una cámara que me habían regalado Maribel y Gerry y que podías hacerlas tamaño normal o panorámicas y aunque salían más caras al revelar, son preciosas y diferentes a todas las demás.
El Canal Crown Hotel estaba cerca y me encantó porque las ventanas daban a un precioso canal. Era una zona muy buena y céntrica. El empleado que me acompañó a la habitación con la maleta me comentó que la bonita casa de enfrente era la del alcalde de Amsterdam.
Todo estaba a un paseo más o menos largo de allí y como llegué a media mañana enseguida me enteré de lo que tenía en los alrededores y me eché a la calle con mi plumas, bufanda, gorro y botas.
Lo primero que deseaba ver era el museo Van Gogh y me fui caminando hacia allí, alucinada de todo lo que veían mis ojos en aquella pequeña Venecia.
Y allí estaban todos esos maravillosos cuadros de uno de mis pintores favoritos. Los originales de lo que había visto toda la vida en imágenes.
Qué horas más felices pasé en aquel lugar. Es un museo relativamente pequeño y antes de salir comí en la cafetería porque el gran Rijksmuseum está cerca y pensé en aprovechar las horas de la tarde que me quedaban para visitarlo.
Pero comenzó a anochecer y cuando llegué ya era demasiado tarde y lo dejé para otro día que nunca llegó, porque hay tanto que ver en esta ciudad que hubiera necesitado una semana en vez de tres días. Me perdí a los grandes maestros flamencos y todo el arte que aquel lugar encierra, aunque he visto algunos en el Prado. Me hubiera conformado con ver todos los de Vermeer.
Así que seguí caminando por todas esas calles. cruzando puentes y canales, ya todo iluminado y con un ambiente alegre y agradable de gente joven y de todas las edades que, a pesar del frío paseaban, entraban y salían de las tiendas, coffeeshops! y antes de llegar al hotel entré en una cervecería donde no había "galletas sorpresa" y me tomé un hot dog, un refresco, un chocolate calentito y a la cama. Estaba cansada y al día siguiente quería madrugar para seguir con la lista de prioridades que tenía en mente.
continuará...







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