domingo, 1 de marzo de 2015

1.996-mamá.


Ese año ocurrieron muchas cosas, buenas y malas.

En abril murió mamá. Ella que había vivido muy bien en los últimos años, aunque con la cabeza bastante mal por demencia senil, pero muy cómoda en su apartamento de arriba en el duplex de Carmina y familia, de pronto cambiaron sus condiciones de vida y de lugar, lo cual para una anciana de 88 años era lo peor que podía ocurrirle.

Mi hermana en los últimos meses me repetía cada vez que nos veíamos o hablábamos por teléfono que ella no podía más con el cuidado de mamá, que la volvía loca y que los médicos le decían que iba a enfermar si seguía así.

Yo me ofrecía a ir a su casa los fines de semana y quedarme con ella para que ellos pudieran descansar o salir, pero eso no me lo aceptaba.

También influía que su hija se iba a casar y planeaba la compra de un piso en la zona de Alameda de Osuna, en la otra punta de Madrid y del Parque de Lisboa y ellos querían estar cerca de sus hijos, pero para que esto se pudiera realizar tenían que vender el duplex y con esta venta comprar un piso para Carmina y Elías y el resto dárselo a Eva y Nacho para que dieran una entrada en dos pisos de esa misma zona.

En esos momentos yo tenía una situación económica bastante difícil y mi hermana lo sabía.

Desde el año anterior yo había dejado de percibir el importe del realquiler de la pizzería porque les iba el negocio muy mal y al no poder pagar yo la renta del local al final lo perdí y el casero se quedó con todo menos la parte de mobiliario, enseres y frío industrial.

Sólo dependía del sueldo por mi trabajo en la academia y era incierto porque la iban a cerrar antes del siguiente curso.

Entonces Carmina me habló de que no podrían llevarse a mamá a un piso que no era amplio y que se podría ir a vivir conmigo y su pensión, aunque era pequeña, me ayudaría económicamente.

Yo no estaba de acuerdo porque de momento estaba trabajando en la academia y no podría atender a mamá, pero se puso muy alterada y, como siempre, terminé cediendo a las presiones y además aceptar, para que se sintiera mejor, que sí, que la pequeña pensión sería una ayuda.

Como el apartamento interior estaba en la misma planta de la academia, pensé que podría ir a verla cada poco rato y que no sería demasiado difícil la situación ni para mamá, ni para mí.

Pero me equivoqué. No era difícil, era insostenible, sobre todo para ella que de repente se veía encerrada en un cuchitril oscuro, acostumbrada durante muchos años a un espacio amplio, nuevo y
 lleno de luz.

Dicen los médicos especialistas que lo peor que se puede hacer a un anciano con demencia senil es cambiarle la rutina y el lugar donde vivir y si es a peor, apaga y vámonos.

Pobrecita mía, yo la dejaba después de desayunar, sentada en su sillón y con la tele puesta, pensando que estaría entretenida hasta que yo volviese pasado un rato, pero en varias ocasiones me avisaron las vecinas porque abría la puerta y se iba por el corredor.

Tuve que dejar la llave echada y entonces también me avisaban porque golpeaba la puerta y los cristales de la ventana y a mí se me partía el alma de verla que no se sentía bien, que era infeliz, en fin, aquella decisión de Carmina, que yo no tenía que haber aceptado, empeoró y mucho los últimos meses de la vida de mi madre.

Mi hermana me aseguró muchos años atrás, que ella estaría al cargo de mamá hasta el último día de su vida y al final no fue así.

Un domingo que vino Loli a verla, entramos en la academia para que la conociera y estando andando por el pasillo para enseñarle las clases, había una que tenía un pequeño escalón y mamá que iba entre las dos, pisó mal y se cayó con un grito de dolor y no quería que la moviésemos.

Llamé a urgencias y enseguida vinieron con la ambulancia. Era rotura de cadera y ahí comenzó su final. Operación, estancia en el hospital donde en vez de mejorar empeoraba cada día porque pilló, seguramente en quirófano, una pulmonía.

Pensábamos que todo terminaría ahí, pero mejoró un poco y la dieron de alta aunque no podía caminar ni apenas moverse y en esas condiciones mis hermanas dijeron que no podíamos cuidarla y que iban a buscar una residencia.

Así lo hicieron y qué tristes fueron aquellas semanas que siguieron. Encontraron una en las afueras de Madrid y tenía tan malas condiciones que buscaron otra mejor en la misma zona, pero era tan triste y deprimente como la primera.

Mis hermanas iban a verla con Elías en el coche, pero yo no podía mas que los fines de semana y tenía que coger dos autobuses y luego andar un buen trecho para encontrarme con una madre irreconocible, muy triste, que me miraba con unos ojos que no olvidaré nunca.

Yo le hablaba y contaba muchas cosas para animarla y hacerla sonreír, pero estaba como ausente y no me contestaba.

Cuando comentaba esto con Carmina y Loli, ellas le quitaban importancia y me decían que mamá no se daba cuenta de nada, pero yo sé que sí se daba cuenta de muchas cosas y siempre lamento lo tristes y malos que fueron los últimos meses de su vida, todo por forzar las cosas en una decisión egoísta y equivocada, que cambió sus condiciones de vida a mucho peor.

Parece que la estoy viendo en su silla de ruedas y su leve gesto cuando me veía entrar en el salón de la residencia, donde estaban los ancianos durante el día o en el jardín cuando hacía buen tiempo.

Esto fue lo malo de aquel año.

Lo bueno y bonito fue la boda de Carol unos meses después, de lo que hablaré en la próxima página.


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