Sigo recordando cosas que me importan antes de empezar el gran viaje porque éste se llevará tantas líneas y espacio que no quiero saltarme hechos y momentos especiales ni dejarlos atrás.
Muchos tienen que ver con mi hermana mayor, Loli, y los diferentes lugares donde vivió en los años 50, después de casarse y tener a su niño. Primer hijo, !!y primer sobrino!!, que yo, con 16 años, lo recibí y sentí como lo mejor que me había pasado en mi vida hasta ese momento.
Disfruté mucho del bebé, cuando venían a vernos o cuando iba a su bonito adosado en Cuatro Vientos. Allí comnzó a dar sus primeros pasos y yo era su niñera permanente mientras que estaba allí. A veces me quedaba el fin de semana y no me separaba de él. De alguna manera era "mi primer niño" y mi debilidad de adolescente, debilidad que ha continuado a través de los años.
Llegar hasta allí en aquellos tiempos era una odisea. Primero el metro desde Quevedo hasta no recuerdo qué parada donde cogíamos un tranvía que nos llevaba hasta la parte de Carabanchel Alto y desde allí a patita hasta las casas que se divisaban a lo lejos, pero había mucho espacio abierto y campo alrededor y eso era estupendo.
Después le trasladaron por trabajo a mi cuñado Bernar a Arenas de San Pedro, un lugar precioso, rodeado de pinos y con un río lindo donde mi hrmana y yo aprendimos a nadar en el llamado "Charco de las Mozas", un remanso cristalino, rodeado de rocas y árboles, pero que cubría y nosotras empezamos a soltarnos de roca en roca y poco a poco a nadar sin problemas. Mi cuñado solía acompañarnos y sentado en las grandes piedras, vigilaba a las niñas para que no les ocurriera nada.
Qué bien lo pasábamos cuando íbamos en verano de vacaciones y en fiestas. Era un ambiente muy bonito, conocimos a chicos y gente muy maja y mi mamá, Loli y Bernar encantados de vernos. Se nos hacía muy corto y no nos apetecía nada volver a Madrid.
Mi sobrino Carlos seguía creciendo y era el rey de la casa. Por cierto, una casa muy bonita con jardín. Allí comenzó mi cuñado a tener los primeros síntomas de la enfermedad de Hopkins y tengo un recuerdo entrañable cuando mi hermana Carmina y yo nos apuntamos a una excursión a la laguna de Gredos y a pesar del esfuerzo físico que suponía llegar hasta allí, él dijo que venía también para probarse a sí mismo lo que podía aguantar y sus reservas físicas.
Y aguantó como un


jabato aunque subimos tranquil
os detrás del resto del grupo descansando de vez en cuando, no sólo por él, sino nosotras que íbamos con la lengua fuera porque el autobús nos dejaba abajo en la llamada plataforma y luego había que subir más de dos horas y al llegar arriba bajar otras dos hasta la laguna. Fue una experiencia increíble porque el paisaje era alucinante, vimos cabras montesas de los cuernos retorcidos, águilas, halcones, de todo. Nunca lo olvidaré. Bernar nos hizo unas fotos preciosas. Una de ellas es para enmarcar.
Cuando llegamos abajo, a la laguna, fue inolvidable. El agua era cristalina y fría como el hielo. Sólo alguno de los chicos se metió y nadó unos minutos no sin antes darse una especie de crema para no congelarse. !Y era agosto!
Después de nuevo hacia arriba y hacia abajo y llegamos todos rendidos al autobús y al día siguiente mi hermana y yo teníamos unas agujetas terribles a pesar de que Bernar nos dijo que llevásemos agua con azúcar y bebimos durante todo el camino. Él sin embargo estaba mejor que nosotras y eso le animó mucho, pobrecito mío, cuando le quedaban por delante sólo cuatro años más de vida.
Pero al margn de ésto, volvimos muy contentos porque habíamos disfrutado mucho de la maravillosa Sierra de Gredos.
continuará...
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