miércoles, 3 de septiembre de 2014

Olvido que duele.


EL 25 de agosto llegué de Islandia a Copenhague por la mañana y salí hacia Madrid por la tarde-noche.

Cansada de no parar en los últimos días, apenas di una vuelta por la ciudad , vi a la famosa Sirenita y enseguida al aeropuerto.

Llegué a Madrid agotada y convencida de que este había sido mi último viaje-aventura, porque a mi edad se puede viajar pero con planes más tranquilos, no a descubrir países lejanos en los que haces esfuerzos enormes, aunque al estar dentro de ese viaje no te apercibes del cansancio que tu cuerpo va acumulando cada día porque las maravillas que tienes alrededor te ayudan a olvidarte de ello.

Los tres primeros días, al volver, apenas salí de casa, solo para lo más necesario y poco a poco me he ido recuperando.

El caso es que hasta hoy, que he visto una preciosa Miraguinda en @, que me ha emocionado mucho, sobre todo la imagen final, no he recordado que ese día en Copenhague era el segundo aniversario de la pérdida de mi querida hermana.

Así que me he ido al parque a estar con ella un ratito, porque nadie sabe, bueno mi hija sí, que parte de sus cenizas no solo están en una pequeña cajita de cerámica en casa, conmigo, sino alimentando las raíces de una preciosa mimosa, rodeada de setos, flores y arces, un rincón muy discreto y privado por donde no pasa gente.

Yo misma, cuando estoy allí, tengo que saltar el seto para acercarme.

Pero la razón de que mi Lola esté allí desde el mes de mayo, cuando volvimos de Valle, es como una leyenda o cuento de hadas.

Resulta que después de la operación cajita, quedaron muchas cenizas y yo pensé enseguida en mi precioso parque, pero no sabía dónde iba a depositarlas.

De pronto aparecen entre los setos dos conejitos pequeños y lindos de color crema, con las orejas muy largas, por lo que podían ser crías de liebres, luego un tercero y yo les seguí muy despacio a ver si podía hacerles una foto.

Se pararon justo debajo de la sombra de la mimosa, junto al tronco y cuando me vieron salieron corriendo. Entonces fue como si ellos me hubieran llevado al lugar donde mi hermana quería estar.

Y allí las deposité, alrededor del árbol que tenía gomas de autorriego y aunque quedaban por encima de la tierra y hierba, por la noche sale el agua por todo el parque y se mezcla. Cuando fui al día siguiente
ya estaba todo integrado con la naturaleza.

Lo curioso de esta historia es que yo, en más de un año que camino a diario por este parque, jamás había visto ningún conejo y cuando pregunté a los jardineros, me dijeron que ellos tampoco en todos los años que llevaban trabajando allí y que quizá los había dejado alguien, pero el caso es que no se han vuelto a ver.

La mimosa está en la ruta que suelo seguir cuando voy a caminar, así que siempre le digo algo a mi Lola y le tiro un beso.

El manzano está lejos, pero la mimosa muy cerca de mí.

En fin, me duele el olvido, pero ya ha pasado y tienen mucho que ver las circunstancias.


                    ¿Te cuerdas de nuestros recortables, Loli?

              Un beso allá donde estés. Te quiero.

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