viernes, 26 de mayo de 2017
Islas Hydra, Poros y Egina.
En este crucero de un día completo se visitan tres islas navegando junto a la costa del Peloponeso, en el Golfo Sarónico y frente al Pireo. Tres de las 1400 que tiene Grecia, así que sólo nos quedan por conocer otras 1397.
Te vienen a buscar muy temprano para llevarte hasta el puerto y embarcar. El buque muy bonito y cómodo con grandes sillones en la parte interior y amplias cubiertas en los dos pisos con sillas y mesas en proa y popa y los bares para atender al montón de turistas a los que nos ofrecían visitas guiadas en cada una de las islas, pero Carlota y yo lo hicimos por nuestra cuenta para ir por libre y a nuestro aire.
Navegamos más de dos horas hasta llegar a la primera isla y en aquel día espléndido se disfruta mucho sentada junto a ese mar tan azul, la brisa y viendo cómo se iba alejando Atenas, con un refresco o helado en la mesa y mi nieta haciendo fotos preciosas.
La primera isla, Hydra que hace referencia al agua, "la bien regada", es la que más nos gustó. Una auténtica y pequeña isla griega donde no existen los coches, sólo algunas mulas por si algún guiri quiere recorrerla a lomos del pobre animal, con cara triste bajo un sol de justicia.
Casitas blancas construidas en una colina, aunque nosotras recorrimos las bonitas y estrechas calles de abajo y alguna que otra en cuesta. Sus puertas y ventanas pintadas de azul y muchos, muchos gatos de todas las razas y colores que le encantaban especialmente a Carlota. Disfrutamos mucho de este primer contacto con una isla griega.
Hydra me recordaba a la isla donde se rodó "Mamma mía"
Cada vez que desembarcas te ponen un póster al bajar la pasarela, con la hora que tienes que regresar al barco y el que se despiste se queda en tierra, así que nosotras lo controlábamos bien.
Al regreso de esa primera isla había comida buffet donde no faltaba de nada. Comimos de maravilla y en esa comida y mesa conocimos a un matrimonio canadiense, Ronna y Harold, con los que pasamos un buen rato charlando en inglés. Fue empatía total a primera vista. Ella psicóloga, que todavía da clases en la universidad y él creo recordar que ingeniero, seguramente jubilado y con un sentido del humor que nos hacía reír en cada tema que tocábamos.
Pero lo mejor era la historia sentimental de esta pareja que me recordó al tema de la novela de García Márquez, "Amor en los tiempos del cólera".
Yo había observado, antes de presentarnos y ponernos a charlar, que él la rodeaba con su brazo por los hombros y pensé: "qué maravilla esta actitud tan cariñosa en una pareja que llevarán juntos muchos años", y resulta que iban ¡¡en viaje de novios!!
Se conocían de toda la vida y habían sido amigos de siempre desde que eran jóvenes, ella con su marido y él con su mujer, al igual que los hijos de ambos. Pero Ronna y Harold eran muy activos en deportes, sobre todo el tenis, y los cónyuges no tanto, así que mientras que ellos jugaban un partido los otros dos se sentaban cerca de ellos a charlar.
Pasados los años ella y él se quedaron viudos con poca diferencia en el tiempo pero siguieron la amistad y estuvieron unos años visitándose, aunque en esta otra etapa de sus vidas no vivían en la misma localidad y Harold tenía que recorrer una larga distancia para verla y nos cuenta, con una gracia que nos moríamos de risa, que un buen día le dice a Ronna: "me estoy cansando de tantos km., ¿por qué no nos casamos de una vez?
A los hijos y nietos les pareció perfecto y en septiembre del año pasado se casaron y ahora estaban haciendo un viaje por Europa como luna de miel.
Vamos, una historia para escribir un libro. Ella tan dulce, él con tanta energía y simpático, una pareja irrepetible. cultos, interesantes... Personas como ellos te encuentras pocas veces en la vida. Gente de la que "te enamoras" y me alegró mucho que al terminar la comida y despedirnos me pidieran intercambiarnos los e-mails y Harold nos hizo una foto con el móvil a las tres chicas.
Les vimos de nuevo cuando estábamos Carlota y yo sentadas en cubierta tomándonos un café y Hal. (así le llama ella), llega con una botella y vasos de papel para tomar un poco juntos. Entonces comprendí por qué una camarera, antes de marcharnos del comedor, me preguntó: "¿A usted le gusta el vino seco o dulce?", y pensé que iban a regalar botellas a los pasajeros o algo así. Le contesté que yo no bebo vino pero que mejor el dulce. Y resulta que Harold la había mandado a preguntármelo y por eso nos buscó y apareció con una botella de vino dulce y los vasos para brindar. Bebimos sólo un poquito paro nos reímos un montón con las ocurrencias del amigo canadiense.
Cuando volví a casa del viaje ya tenía un e-mail de Ronna y mandaba la foto que nos hizo Harold.
En fin, un encuentro muy especial y ya nos hemos intercambiado varios correos.
Seguiré con las islas Poros y Egina en la próxima página.
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