viernes, 2 de junio de 2017

Poros y Egina


Poros, (paso en griego), es otra pequeña isla de las llamadas Sarónicas, un pueblo de pescadores tranquilo y acogedor, parecido a Hydra con sus casas muy blancas y muchas de sus puertas y ventanas de un azul añil intenso.

Sus plantas trepadoras con esa flor color fuxia y algunas moradas que tanto abunda en Grecia, aquí crecen por doquier y Carlota hizo fotos realmente bonitas.

Caminamos por sus estrechas calles y vimos de lejos lo que nos indicaron eran los restos de lo que fuera templo de Poseidón. Esto ya en Egina.

Egina, que recibe el nombre de la amante de Zeus, está junto a la costa del Peloponeso en el Golfo Sarónico y frente al Pireo.

Es la más grande de las islas que visitamos, pero con menos encanto que las anteriores. Aparte de las ruinas de antiguos templos, tiene un puerto importante y un gran paseo marítimo con muchos cafés todos en fila mirando al mar y con unos sillones muy cómodos para atraer al turista. En uno de ellos nos sentamos Carlota y yo a tomar dos buenos helados en unas lindas copas de cristal grueso azul.

Llama la atención una costumbre que tienen los griegos, no sólo de las islas, sino en Atenas y también en el barco. Antes de servirte lo que hayas pedido, aunque sea un simple café, te ponen botellines de agua muy fría y dos vasos. Al principio comentábamos: ¿tú has pedido agua?, pero luego nos dimos cuenta enseguida de que era una buena costumbre de los atenienses.

La base económica de Egina, aparte del turismo, son los pistachos que exportan a muchos lugares. Al bajar del barco ves muchos puestos desde los que te ofrecen probar, con cucharitas desechables, todo tipo de productos, salados y dulces exquisitos, cuya base son los pistachos.

No son baratos, pero es tal la variedad y calidad que te dan ganas de llevarte más de uno. Nosotras compramos un frasco de pesto para llevárselo a Carol.

La vuelta en barco a Atenas fue muy amena porque es una larga travesía a última hora de la tarde y hace viento fresco en cubierta, así que nos reunimos casi todos en el salón grande, que como está rodeado de grandes ventanales al mar, da gloria estar allí. Tocaban música popular de canciones conocidas e interpretadas por un solista que cantaba muy bien y al final una pareja de bailarines con el tema de Zorba.

Allí tuvimos un encuentro con otra pareja completamente distinta a la de los canadienses que comento en otra página anterior. Este matrimonio, más o menos de mi edad, eran griegos y al igual que la otra pareja, absolutamente encantadores y podíamos hablar en inglés porque emigraron a Australia hace ¡40 años! y allí se quedaron y criaron a sus cuatro hijos. Viven bien en Sydney y nunca regresaron a su tierra para quedarse, sólo lo hacen cada varios años para unas cortas vacaciones porque la nostalgia y el recuerdo de su Grecia no les abandonó nunca. De origen humilde, allí encontraron una vida mejor para ellos y su familia, pero ella me decía en su inglés básico que nunca llegó a adaptarse del todo y hubiera querido volver para quedarse. Hablamos mucho del tema y los pros y contra de una decisión tan importante como es la de migrar a un país tan lejano, pero por otra parte tan bueno en muchos, muchos aspectos, de nuestra estancia en Melbourne durante casi quince años, en fin, fue curioso y una casualidad encontrarme con personas que habían emprendido la aventura australiana, pero en esta ocasión se quedaron a vivir allí para siempre. Carlota me hizo un par de fotos con estas personas tan entrañables y cariñosas. Ellos no manejan internet y no hablamos nada de comunicarnos al despedirnos, pero nunca me olvidaré de ellos.

Un día espléndido y muy completo de nuestra escapada a Grecia.

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