viernes, 19 de junio de 2015

Primer día en París.

                                                 
Llegué cansada por la noche que pasé en blanco y el madrugón, pero entusiasmada de estar en esa bellísima ciudad que había contemplado unos minutos desde el avión antes de aterrizar.

El hotel que había reservado, el "Des Flandres", estaba bastante céntrico y no lejos de la preciosa plaza de la Ópera Garnier.

Me refresqué un poco y salí impaciente por empezar a patear París y ver todo lo que me diera tiempo, que era bastante porque tenía casi todo el día por delante, por cierto fueron tres días soleados de primavera y tuve la suerte de que no lloviese, lo cual no es tan normal en esa ciudad.

En recepción me dijeron que bajando casi recto llegaría enseguida a la plaza de la Ópera.

Qué zona más increíble. Allí estaba esa fachada impresionante de Le Palais Garnier y había visita guiada, así que no me lo pensé y entré con un pequeño grupo.

El interior, más impresionante aún. Qué esculturas, murales, arañas cuyos cristales se tornaban multicolor con los reflejos de las pinturas en techos y paredes, las escaleras de mármol y el terciopelo rojo de palcos y butacas, en esa herradura de lámparas soberbias, especialmente la central, que me recordó la película "El Fantasma de la Ópera", en fin una primera parada estupenda.

Al salir comí un plato combinado en un café cercano, (qué caro es todo en París), sentada en un velador, al solito.

Me saqué una tarjeta de transporte para los tres días y unas veces iba caminando y otras en metro cuando la cosa quedaba lejos, pero es que París es para verlo y disfrutarlo andando, siempre que sea posible, porque cada calle, cada esquina que vuelves no te cansas de mirar y admirar lo bella y bien diseñada que está esa ciudad.

A mí me llama mucho la atención su arquitectura, esas casas tan parisinas, con esas fachadas inconfundibles y tejados de pizarra negra por donde asoman los áticos, todas con una misma estética, tonos y diseño. Los que urbanizaron esta ciudad debían amarla mucho.

Allí cerca está la plaza Vendome, con todas las famosas casas de alta costura y el Hotel Ritz. Preciosa plaza y edificios en forma circular.

Luego llegué en metro hasta Place de la Concorde, con su gran obelisco en el centro, regalo de Egipto por la ayuda y colaboración, junto a otros países europeos incluída España, en la grandiosa obra de desplazamiento del Templo de Abu Simbel, antes de que las aguas del Lago Náser lo inundasen. (Esto me lo explicaron en mi viaje a Egipto). El regalo al gobierno español, en la época de Franco, fue el Templo de Debod que tenemos en Madrid.

Cuando vi la gran noria no me resistí a subir y desde allí contemplé todo París. Hice fotos preciosas y cuando estábamos arriba del todo miré abajo y vi el palacio hermosísimo que alberga el famoso museo de Louvre y la sorprendente pirámide de cristal en el centro, por donde se accede al interior.

Me prometí dedicar muchas horas a visitarlo y ver lo más importante, porque luego comprobé que sería necesaria una semana en París para recorrer y disfrutar ese inmenso museo.

Cuando bajé de la noria me hacía mucha ilusión ir hacia la Torre Eiffel y como engaña a la vista y parece que no está muy lejos, me dirigí hacia allá, pero no llegaba nunca.

Menos mal que me encontré con la gran explanada de Los Inválidos y me senté un buen rato sobre el césped a descansar y tomar un refresco y ya que estaba allí caminé hacia la cúpula dorada, que con el sol brillaba como si fuera de oro.

También estaba más alejada de lo que parecía. Entré a contemplar la suntuosa tumba de mármol de Napoleón y parte de su familia. Hice un par de fotos y me marché, porque ese personaje de la historia nunca me ha caído bien.

Y de nuevo a caminar por la explanada hacia la Torre, que está en esa zona y la vas viendo cada vez más grande y cerca, y tú cada vez más cansada, pero aguantas como una jabata y cuando llegas te quedas alucinada mirando desde su base hacia arriba.

Después de sacar el billete, me puse a la cola para el ascensor y aquello iba tan lento que las piernas me dolían un montón. Pero pensé que una vez en el ascensor las eternas esperas se habían acabado.

Desafortunadamente no era así porque tiene varias plataformas a diferentes alturas y en cada una de ellas tienes que bajarte para que los turistas hagamos fotos y luego te espera otra cola para el siguiente ascensor.

La verdad es que merece la pena las vistas que puedes contemplar en las tres plataformas y las fotos que tengo son de las mejores que hice en mi vida. Además era la cámara que podía cambiar a "panorámica" y algunas son alucinantes.

Cuando llegas arriba del todo aún tienes una pequeña escalera de caracol por la que subes hasta la misma corona de la Torre y es impresionante, porque ahí no hay cristales y el viento penetra entre los hierros. Tienes todo París a tus pies y lo disfruté muchísimo a pesar del cansancio.

Y con ese enorme cansancio llegué de nuevo abajo y me puse a buscar un taxi como una loca. Consigo uno y en ese mismo momento, cuando tengo que dar la dirección al conductor me doy cuenta que sabía el nombre del hotel pero no la calle dónde estaba. (Desde entonces nunca me he movido de un hotel sin llevarme tarjeta con todos los datos)

Para que todo fuera más fácil, el franchute no hablaba ni una palabra de español o inglés, ni yo francés. Me entendió el nombre del hotel, pero cuando le explicaba en espanglis que no sabía la calle, me contestaba de mal humor, "je ne comprend pas", entonces recordé que estaba cerca del Palais Garnier y se lo repetí dos o tres veces. Él, "se bon, se bon", y para allá que nos fuimos.

Ya estaba tranquila porque pensé que una vez en la plaza de la Ópera, subiría andando por la calle que bajé y encontraría el hotel.

!!Craso error!! Me bajé del taxi y me encaminé hacia la calle que me pareció correcta, pero subía, subía y el hotel no aparecía por ninguna parte. Pregunté aquí y allá, indicando el nombre del hotel, pero la respuesta era siempre la misma: "je ne se pas".

También miraba si había algún hotel por allí y sería más fácil que lo conocieran, pero no veía ninguno.

Estaba agotada y en qué hora le pregunté a una señora francesa que, mira por donde, sabía un poco de español y me dice que estaba dando un paseo y que me acompañaba para ayudarme y practicaría el idioma conmigo.

Se la veía muy descansadita y quizá un poco aburrida y no paraba de hablar de España, vamos, lo que más me apetecía en esos momentos de agotamiento y preocupación era aguantar la charla de la señora, que no se me despegaba

Por suerte pasamos por delante de un pequeño hotel, entré, (y la otra detrás, claro), y enseguida me dijeron en recepción dónde estaba. Era la calle paralela a esa.

Con la francesa pegadita a mí, llegamos a mi hotel y me dice que nos podíamos sentar un rato en el salón y seguir charlando.

Con la educación limitada por las pocas fuerzas que me quedaban, le "agradecí su ayuda" y le dije que necesitaba una ducha y meterme en la cama.

No puso muy buena cara y se despidió a la francesa.

Creo que jamás en mi vida he llegado a ese punto de cansancio y agotamiento. Eran las 7-8 de la tarde y después de la ducha me tomé una infusión y galletas que había en la mesa de la habitación y dormí casi doce horas seguidas.

Y este fue mi otro tropiezo en mi viaje a París al final del día, pero había disfrutado mucho de todo lo que vi.

                                                                               continuará



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