martes, 16 de junio de 2015
Mis viajes. PARÍS.
He viajado dos veces a esta preciosa ciudad.
La primera fue estupenda, pero accidentada al principio.
Era una compañía de bajo coste, no recuerdo cuál, y el avión salía a las siete de la mañana, así que me levanté a las cuatro y medio zombie cogí un taxi al aeropuerto.
No había dormido nada y los reflejos brillaban por su ausencia, el caso es que al llegar al aeropuerto, como llevaba una pequeña maleta y no tenía que facturar, en vez de ir al mostrador de la compañía a por la tarjeta de embarque, me fui directamente a la puerta correspondiente y para adentro tan pancha.
Como me quedaba tiempo desayuné tranquilamente y cuando llegué a la entrada de mi vuelo, me senté a esperar que nos llamasen.
Luego me pongo en la cola y cuando llega mi turno le alargo a la joven !!mi billete!! y claro, ella me pide la tarjeta de embarque.
Hasta ese mismo momento no me di cuenta de que no había pasado por el mostrador para recogerla, un despiste imperdonable después de haber hecho esa gestión en otros viajes anteriores.
Me dice que lo siente mucho pero que no puedo embarcar. Yo, "aterrada", le digo que voy corriendo a conseguirlo y me aclara que eso es imposible porque el avión no espera y además ese trámite hay que hacerlo nada más llegar al aeropuerto.
Con el ánimo por los suelos pero sin rendirme, solicito hablar con algún responsable superior.
Cuando vino le explico el problema y me dice que es imposible por una serie de reglas, entre ellas la de seguridad, pero le insistí tanto en lo que significaba para mí ese viaje a París "después de toda una vida esperando hacerlo", que le debí tocar la fibra sensible y me dijo que esperase unos minutos que iba a hablar con otro responsable para ver si había alguna posibilidad de arreglarlo.
Y apareció con un papel que graparon a mi billete y con esto podía embarcar.
Le di mil gracias y !hasta un beso!. La empleada, que seguía esperando, (y el avión también), no se podía creer que lo había conseguido.
Me fui rápida por el túnel hasta el avión y cuando me vi en mi asiento y volando hacia París, di las gracias a la Providencia y me dije: "qué suerte tienes, África".
Este fue el primer tropiezo de ese viaje y en la próxima página hablaré del segunto, que al final también se solucionó, pero costó lo suyo.
Y el maravilloso París merece dos tropiezos e incluso más.
continuará...
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