domingo, 2 de marzo de 2014

Llegada a Sydney



El barco atracaba en Sydney y después en Melbourne, así que los primeros en desembarcar fuimos nosotros.

Yo me sentía fatal al despedirnos y enfrentarnos a una ciudad desconocida, pero había que tirar para adelante.

El Sydney que fuimos descubriendo poco a poco era realmente una ciudad preciosa, impresionante. Su bahía, sus playas increíbles, todo era espectacular, pero los primeros días no los quiero ni recordar, bueno sí, hay que hacerlo para continuar la historia.

Pasamos las primeras noches en un hotel mientras buscábamos un apartamento de alquiler.

Desde el primer día Sydney fue gafe para nosotros. Gerry se puso malito con una especie de ataques de asma que el médico nos dijo era muy común en niños por la humedad del ambiente y que si le volvía a ocurrir necesitaba vapor y había que tenerle en el baño durante un rato, con el grifo del agua caliente corriendo, hasta que empezase a respirar normal.

Encontramos un apartamento muy majo en la zona de Marrykville y Gerardo empezó a trabajar de camarero, (suplente), en un barco-restaurante muy bueno, (Capitan Cook), atracado en la bahía, pero a las pocas semanas tuvo que dejarlo y a buscar trabajo de nuevo y esta vez tardó más en encontrarlo y la situación económica era difícil.

Los niños iban a un colegio cerca de casa y yo busqué trabajo en las fábricas de alrededor que pudiera
 compatibilizar con el horario del cole. Era una fábrica de camisas de hombre. Se me daba bastante bien porque Gerardo me había enseñado a coser a máquina y allí estuve durante unos meses.

Habíamos conocido a una familia española con dos niñas que iban al mismo colegio que los nuestros.
Tenían una casa con jardín a la vuelta de la esquina y Carol y Gerry iban a jugar allí muchos días.

Y ocurrió algo que no olvidaré mientras viva. Estaba yo recogiendo cosas por la casa cuando oigo a Gerry que me llama por el balcón: "Mami, mami, que a Carol le ha pillado un coche!!!"

Tenía solo cinco añitos y estaba muy asustado. Bajé corriendo y aterrorizada porque me decía entrecortado que estaba en la carretera con los ojos cerrados y que no se movía. Yo pensé lo peor y cuando llegué y la vi me quería morir. Enseguida comprobé que respiraba y me sentí algo mejor. Habían llamado a una ambulancia y aunque tardó poco en llegar, a mí se me hizo eterno y arrodillada junto a mi niña empecé histérica a gritar que por qué no venía.

En fin, fue terrible. Los niños estaban jugando en el jardín y cuando oyeron al carrito de los helados, cruzaron todos en un momento de descuido de la mamá de las niñas. Bajaba un coche, afortunadamente no muy rápido y no tuvo culpa ninguna porque Carol se le puso delante y no le dio tiempo a frenar.

Fue una gran suerte que pusiera las manos en el capó y solo la despidió hacia un lado sin llegar a atropellarla. Tenía muchos golpes pero ni siquiera una fractura de huesos. Abrió los ojos en la ambulancia y estaba tranquila viéndome a su lado.

En el Children Hospital la atendieron de maravilla y los médicos estaban asombrados de los huesos tan fuertes que tenía con la de rozaduras y golpes que había por todo el cuerpo. Le hicieron escáner de la cabeza y no tenía nada. No tuvo que quedarse internada y volvimos a casa pasadas unas horas.

Gerry se había quedado con la vecina y me lo trajeron a casa después.

Lo de Carol fue un milagro, pero aún nos quedaba otro gran susto que podía haber tenido unas consecuencias muy graves.

           Pero eso será en el próximo capítulo...  
                                                                         

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