Los trenes que había para trasladar familias, (sobre todo mujeres y niños), de unas ciudades a otras, eran de mercancías y como si fueran ganado allí se agolpaban unos a otros personas, colchones, maletas, bultos...
Fue un viaje eterno para nosotras, sobre todo para mamá y la tía Candi preocupadas porque las niñas estuvieran lo mejor posible en aquel funesto entorno. El tren hacía paradas largas y constantes y las dos se turnaban para bajar un rato con alguna de las niñas para tomar el aire, necesidades urgentes y estirar las piernas. Una tenía siempre que guardar el espacio que ocupábamos y los enseres porque podían robarlos.
Así llegaron las madres coraje y niñas a la estación de Atocha, echas polvo pero había que organizarse enseguida porque encontrar un carro para trasladar las cosas iba a ser difícil. Había mucha gente pensando en lo mismo y cuando les dijeron dónde podían alquilarlo tuvieron que dejar a la pobre Carmina solita sentada sobre los colchones para cuidar de todo, (tenía 7 añitos) y siempre me ha contado que al ver que tardaban mucho, pensó que la habían abandonado. No quedaba otra porque necesitaban a las niñas mayores, Loli y Merce, para que les ayudasen con las pequeñas, (las dos Áfricas), cuando consiguieran el carro, que pesaba mucho y había que tirar de él para volver a la estación, en fin, un drama más de los miles que se vivían en esos días.
Y en esos días del final de la guerra civil había una orden para que los familiares acogiesen temporalmente a las personas allegadas que no tenían donde vivir y nos dirigimos hacia la casa del hermano mayor de mamá, el tío Mariano, que estuvo en el bando nacional pero que se las apañó para no luchar en el frente y estaba trabajando nada menos que de jefe de camareros en el Hotel Emperador de la Gran Vía y vivían sin problemas él y su mujer, la tía Flor; una bruja de tomo y lomo que cuando nos vio aparecer puso la cara bien larga pero no tuvo otro remedio que tragar !!con las siete chicas!!.
Nos arrinconó a todas en un pequeño espacio que había junto al comedor y allí pusieron las mamás los dos
colchones y a sobrevivir en muy malas condiciones, tan malas que mamá comenzó a buscar desesperadamente un lugar barato que alquilar y poder alejarse de la bruja que nos hacía la vida imposible.
Mi madre hablaba con su hermano pero estaba tan dominado por su mujer que no movía un dedo sin permiso de ella. No tenían hijos y eran insensibles a lo que nosotras estábamos pasando.
Mamá se puso a trabajar enseguida en las casas para poder comprar comida y la tía Candi se quedaba al cargo de las niñas.
La suegra de mi tía que trabajaba en un restaurante de cocinera encontró una vivienda para ella y sus niñas, muy humilde pero suficiente para poder dejar atrás a la la bruja de la familia. Se pudo reunir con su marido
que no había sido detenido y siguieron su vida adelante en Madrid y después en la montaña de Cantabria.
Tuvieron cuatro hijas más hasta que llegó el chico, siete en total y ahí pararon. En algún momento escribiré
sobre esta familia, la tía y primas más queridas para nosotras.
Mamá encontró el pequeño sotanito donde vivimos muchos años, sin comodidades pero tranquilos y felices sobre todo desde que regresó papá con nosotras.
continuará...



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