miércoles, 9 de octubre de 2013

Brighton

En esta preciosa playa de Melbourne estaba plantada en primera fila la increíble casa de la nueva familia para la que trabajé. Si la anterior era bonita, ésta era de película. Levantada sobre patas, (por si las olas), era de dos plantas y la enorme sala de la entrada estaba rodeada de paredes acristaladas y el mar allí, todo alrededor, casi tocándolo. Por la noche las luces de la ciudad a lo lejos brillaban como un sucedáneo de las que podía contemplar allá arriba y me recuerdo junto a esas cristaleras,
disfrutando de tanta belleza. Siempre lo hacía durante un buen rato antes de acostarme. Además de todo ésto, las condiciones no tenían nada que ver con el anterior trabajo. Aquí era real lo de cuidar niños y lo que tuviera que ver con ellos exclusivamente. Tenían otra interna, (Margaret), que era la que se ocupaba de la limpieza, cocina, etc. Era una chica del country, sencilla y majísima y siempre nos llevamos muy bien. Nuestra habitaciones estaban en esa parte baja de la sala de entrada con un baño en el centro que compartíamos. En mi dormitorio había dos camas porque las familias del nuevo trabajo de Carmina y el mío eran amigas y para que estuviésemos contentas nos ofrecieron que los fines de semana nos pudiéramos quedar las hermanas en una u otra casa. Los niños eran dos mayores, Brandon y Dion, (8 y 10 años), hijos de un primer matrimonio de él y un precioso bebé de un añito, (Johnny), de su segunda mujer, muy guapa y bastante más joven. También judeo-australianos como la mayoría de la clase alta y millonetis de Australia. Los niños y yo encajamos muy bien desde el primer momento. Nunca supe si su madre había muerto o estaba divorciada de su padre y por lo que sea tenía él la custodia porque siempre estaban allí, pero se les veía como faltos de cariño porque la "madrastra" no parecía prestarles demasiada atención. Su principito era el bebé y era en el que estaba volcada. Siempre que el bebé no me necesitaba para el biberón o cambiarle, pasaba buenos ratos con los chicos cuando volvían de colegio y habían terminado los deberes. Les cogí cariño y ellos a mí y practicaba mucho el inglés en juegos de mesa o respondiendo a sus preguntas sobre España y a su vez me contaban cosas de Australia. Lo curioso es que años después, cuando yo tenía ya a Carol y Gerry que eran entonces de esas misma edad, conseguí otro buen trabajo para cuidar niños con una familia norteamericana y mi sorpresa fue que cuando llegué para hacer la entrevista me di cuenta que la casa estaba justamente enfrente de aquella en la que viví durante unos meses en el primer año de mi llegada a Melbourne. A veces vi llegar en los coches a gente joven o los padres, pero había pasado mucho tiempo y no estaba segura de si era la misma familia. En ocasiones pensé en cruzar y averiguarlo pero quizá no hubiera sido un momento oportuno y al final no lo hice pero siempre me quedé con las ganas de saber si aquellos muchachos eran Brandon y Dion y haber vuelto a ver al precioso bebé que tendría unos diez años. Sin embargo no me apetecía nada volver a ver a la "madrastra" que era un poco bruja, como la del cuento.¨Èl, sin embargo, era muy majo y amable conmigo, eso y ver lo cariñosos que eran los chicos con su nanny, la tenía un poco mosca y en guardia. Recuerdo un par de detalles cuando estaba yo un día comiendo con Margaret se acercó ella para decirme que el bebé se había hecho popó y que le cambiase enseguida. El marido la interrumpió y me dijo que terminase tranquilamente de comer y después lo haría. Ella nos fulminó con la mirada a él y a mí pero se marchó sin decir ni pío. En otra ocasión cuando acababa de ducharme me avisaron que subiera al salón porque me llamaba mi hermana por teléfono. Me puse un precioso albornoz blanco que me llevé de España y como ellos tenían una importante fábrica de batas, albornoces, camisones, etc., al marido le llamó la atención y se acercó a preguntarme de dónde era la prenda y el fabricante o lugar donde lo había comprado. Le sorprendió el grosor y la calidad y la "bruja" no nos quitaba ojo, en fin, que le encantaba tener una niñera con la que poder entenderse en inglés pero no me tragaba ni yo a ella tampoco. Cuando les dejé porque me había salido el mejor trabajo que nunca tuve en Australia, del que ya hablaré más adelante, los chicos se llevaron un disgusto y se les saltaban las lágrimas diciéndome: ¿por qué te vas?, yo trataba de hacerles comprender que era bueno para mí, pero eran niños y no querían comprenderlo. Nunca olvidaré las tarjetas que me prepararon con flores y pétalos del jardín pegados a la cartulina y sus frases de cariño escritas en colores.      
                                              Continuara...                                                                                  

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