Mi hermana Loli me habló de algunos y me recomendó que los fuera conociendo poco a poco.
Así lo hice durante varios años, aunque quedan muchos pendientes, pero los ya conocidos son una verdadera maravilla.
El de Santiago fue el primero y disfruté mucho ese viaje porque no conocía la ciudad y además aproveché la escapada coincidiendo con un concierto que daba y dirigía el gran músico Rostropovich.
Viajé en tren por la noche, en litera, y así me cundieron más los dos días completos que tuve.
Llegué cuando estaba amaneciendo y recuerdo mi camino desde la estación hasta la Plaza del Obradoiro por calles desiertas y tan bonitas que era un privilegio vivir ese momento en silencio y para mí sola, roto únicamente por el suave sonido de mis pies sobre el empedrado.
Esas casas y soportales de piedra, alumbradas por la luz de los faroles...
Caminaba despacio disfrutando de todo ello y desemboqué el la Plaza de la Puerta de Platerías, con la buena suerte de que acababan de abrir esa puerta de la Catedral y como era muy temprano y mi habitación del Parador no estaría dispuesta, crucé la preciosa plaza y entré.
Sin habérmelo propuesto viví una experiencia única, estar casi totalmente sola, (en la semi-penumbra pude ver a tres o cuatro personas), rodeada de la inmensidad y belleza de esa Catedral,
Sentada en un banco, mirando esos arcos, columnas, ventanales y cúpulas góticas, pensando en esos arquitectos y artistas que lo construyeron hace tantos siglos, en fin, impresionante y en un absoluto silencio. Ya comenzaban a entrar los primeros rayos de luz por las vidrieras.
Cuando salí estaban abiertos algunos bares y desayuné de maravilla en uno de ellos.
Así fue pasando el tiempo y me dirigí hacia la gran Plaza del Obradoiro y...¡¡allí estaba!!, la bellísima fachada del Parador de los Reyes Católicos y el llamado Pórtico de la Gloria y todo el increíble frontal de la Catedral, que visité en distintas ocasiones durante los dos días, uno de ellos para ver "volar" el enorme Botafumeiro, "esparcidor de humo" usado desde la Edad Media como instrumento de puerificación de una Catedral donde se apiñaban las multitudes y que también resultó impresionante. Estuve muy cerca y pude seguir toda la ceremonia de preparación de cuerdas y la maestría de los "tiraboleiros", que después de colocar el incienso y por medio de un sistema de poleas, lo ponen en funcionamiento y de pronto está a ras de suelo o volando hasta casi tocar las altísimas bóvedas.
El interior del Parador, desde que entras por el hall, los diferentes salones, mobiliario antiguo y recio, maderas nobles, pinturas, tapices, esculturas, en fin, pasé largos ratos durante mi estancia recorriendo todos los espacios de las diferentes plantas y haciendo fotos.Mi bonita habitación, con su puerta antigua de madera oscura, como todo el resto de muebles, la ventana dando a la plaza y sobre todo la cama con dosel, me encantaron.
La ciudad también muy bonita. Caminé mucho por el centro y las callejas del casco antiguo, que era lo que más me gustaba. Degusté la cocina típica del lugar, pero sobre todo recuerdo el riquísimo pulpo que allí preparan y también el caldo gallego.
Otra cosa que recuerdo fue la subida a la cubierta de la Catedral. Había estado en obras durante mucho tiempo y ahora estaba abierta al público. Fue estupendo, aunque en varias ocasiones me tuve que apoyar en el hombro de alguno de los jóvenes que había por allí porque al salir por la pequeña puerta te encuentras pisando el tejado con escalones que hay que ir bajando hasta llegar a espacio llano donde puedes ir dando la vuelta y viendo todo Santiago.

Al Apostol puedes casi tocarle. Tan pequeño que se ve desde abajo, coronando la fachada, y tan grande cuando lo contemplas arriba de espaldas.
La vieja Universidad de Fonseca, su patio principal...
Subí por una de las escaleras laterales a la planta de arriba y di la vuelta mirando y fotografiando todo.
Cuántos siglos y cuánta historia. Allí está también "La Casa de la Troya", que fue posada de estudiantes, ahora museo y que hizo famosa la novela de Alejandro Pérez Lugín y la película con el mismo nombre.
Los cuatro patios y jardines de la Catedral, una gozada pasear por ellos.También hice el recorrido de los peregrinos, pero sin hacer el camino: besar la piedra, pasar por la Puerta Santa, esperando una gran cola y abrazar la imagen del Apostol, subiendo por esa escalerita que hay detrás del Altar. (Peregrina versión cómoda).
El concierto de Rostropovich fue maravilloso. Es una sala de conciertos que hay en las afueras de la ciudad. Yo pensaba que podría ver al Maestro tocando su cello, pero ya era muy mayor, (murió al año siguiente), y sólo dirigía la orquesta, pero daba gloria verle con tantos años, moviendo esas manos y batuta.
Lo que no esperaba era la mala organización a la salida. Mucha gente llevaba coche, pero otros muchos que habíamos llegado en taxi, nos encontramos con una enorme cola esperando taxi o un hipotético autobús que se suponía tenían que haber dispuesto para una noche tan especial.
Pues nada, de vez en cuando un taxi y más de una hora esperando. Al final compartí uno con otras personas, cenar un poco y a la cama para aprovechar al máximo el día siguiente antes de coger el tren nocturno.
Dos días y una noche estupendos.








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