Sólo siete días, pero tan intensos que ahora, desde tierra firme, me parecen muchos más.
El barquito llamado "Preziosa" es un bello mastodonte de 16 plantas,(17 con el puente de mando), cada una de ellas tan inmensas que al menor despiste te pierdes y ya no sabes dónde estás hasta que te cruzas con alguien del siempre amable personal, te guía y te lo explica todo.
Pero aun así yo no comencé a orientarme hasta pasados un par de días. Buscaba mi cabina recorriendo los cien metros lisos por los interminables pasillos hasta que recordaba que a babor estaban los pares y a estribor los impares. (Utilizo palabras de la jerga marítima para fardar).
Y antes de escribir sobre mi crucero y anécdotas varias, voy a recrearme un poco en describir el increíble camarote que me tocó en suerte, y digo en suerte porque yo contraté uno de término medio en precio, o sea ventana al mar y punto, bueno pues cuando voy a recoger los papeles a la agencia de viajes me dicen que me han dado una cabina de lujo con terraza privada al mar.
Parece ser que el mastodonte no iba al completo y como era primeriza con MSC, la cuestión seguramente fue márketing puro y así alucinar a la vieja pasajera y que me quedasen ganas de repetir. (Esto me lo imagino yo y me comentaron en la agencia que era posible).
El caso es que viajé de lujo a precio medio, razonable. La cabina era muy amplia, como todo lo demás, cama, armario, sofá, escritorio, minibar, TV con incontables canales, baño donde no faltaba un detalle y lo más fascinante, ¡¡la preciosa terraza al mar!!, con dos sillones y mesita y el frontal de cristal transparente para contemplar el mar incluso desde la cama. Además servicio de habitaciones las 24 horas del día, aunque yo apenas lo usé, sólo una vez que pedí el desayuno en la terraza.
Cuánto he disfrutado en esa terraza los pocos ratos que un crucero te dejan libres, porque cuando no estás comiendo, estás descubriendo las bellas ciudades donde has atracado y que no te puedes perder, pero qué amaneceres y anocheceres, apoyada en la baranda o sentada en uno de los sillones, leyendo mecida por el leve movimiento del barco. Qué impresionante es contemplar las olas y escuchar el sonido constante cuando vas navegando mar adentro, qué infinito, qué bello, tú en silencio, sola frente a esa grandiosidad, te sientes tan pequeña y tan feliz...
No cambiaba esto por nada y me escaqueaba de muchas de las parafernalias que se organizan en estos viajes. Fiestas de esto o lo otro, discotecas y salones a elegir con grupos en directo y música para todas las edades, casino, piscinas climatizadas, gimnasio, saunas, clases de baile, etc., etc., ¡ah! y un teatro grandísimo donde todas las tardes y noches había espectáculo tipo revista musical que a mí no me gustan y ponía pretextos a unas amigas alicantinas de mi quinta, que no se perdían una. Las conocí en la cola de pasajeros al embarcar en Valencia. Muy majas las tres y pasamos buenos ratos juntas, pero no muchos porque no coincidíamos en gustos y aficiones, aunque yo no se lo decía, claro.
La comida exquisita y variadísima. Una serie de buffets gourmet que se extendían a lo largo de toda la planta catorce. Cada uno de ellos diferente y dedicado a deleitar a los comensales. Carnes cocinadas o asadas y cortadas a tu demanda, pescados, sopas, frutas, verduras y ensaladas de todo tipo, postres con pasteles deliciosos, panes para todos los gustos y luego había buffets muy populares entre la gente joven con pizzas, amburguesas, salchichas, etc., y en los desayunos platos calientes muy variados y bollería riquísima. Y esto funcionaba no sólo en los horarios normales, ¡¡sino durante veinte horas al día!!, para la gente que se quedaba en el barco o los noctámbulos que estaban de juerga hasta las tantas y podían subir a comer algo antes de irse a la cama.
Y luego estaban los restaurantes a la carta que funcionaban sólo para las cenas. Vamos, que por la noche si no te apetecía ir al buffet reservabas mesa en uno de los tres preciosos restaurantes y cenabas de lujo. En este caso vistiendo menos informal.
En fin, en esta página escribo sobre el barco y en las siguientes comentaré las escalas que hicimos y las ciudades que descubrí, todas interesantes.
También descubrir el barco cuando lo ves por primera vez antes de subir a bordo, es alucinante. Los hay grandes para los cruceros, pero este "Preziosa" que yo llamo mastodonte, es como una ciudad flotante. No en vano alberga 3.500 pasajeros y 1.500 trabajadores y tripulación.
Quizá por este motivo el wifi no funcionaba bien al estar conectados a los móviles miles de personas al mismo tiempo o esa era la excusa que nos daban a todos los que íbamos a recepción a reclamar porque era casi imposible mandar un wp. Yo iba todas las noches después de cenar con el mensaje ya escrito y hasta que algún experto no lo conseguía no me movía de allí. Y eso tratándose sólo de mensaje, porque fotos no pude enviar ninguna hasta que desembarqué en Valencia.
continuará...




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