miércoles, 6 de abril de 2016

EL COLUMPIO.


Érase una vez, hace muchos, muchos años, que una niña fue con sus hermanitas y papás al viejo Circo Price, aquel de la Plaza del Rey, ya desaparecido.

Sí, era yo. De vez en cuando lo hacíamos, celebrando alguna fecha especial, pero hubo una tarde que, ¡oh, ironías del destino!, ocurrió algo insólito.

En aquel espacio había varios cientos de personas y seguramente ninguna de esas familias vivía en un sotanito de menos de veinte metros cuadrados. Bueno, pues al final de la función casi siempre hacían un sorteo que coincidiese con el número de asiento para entregar un regalo, ¡y nos tocó a nosotros!.

Qué alegría! Yo me recuerdo saltando en mi butaca, pensando y diciendo, ¡¡que sea una bici, que sea una bici!!, al ver el volumen grande que envolvía aquel regalo.

Pues no era una bici, ni nada remotamente parecido que pudiésemos utilizar y disfrutar las niñas.

Era un precioso columpio artesanal de madera verdosa, para montar y usar en un espacioso piso o casa de campo.

¡¡Nuestro gozo en un pozo!! ¿Qué hacíamos con aquello? ¿Dónde lo poníamos?

Qué desilusión, pero éramos esa familia "afortunada" a la que nos daban la enhorabuena desde la pista y había que sonreír y dar las gracias.

Y salimos con aquel gran paquete, ayudándonos a llevarlo, yo dándole vueltas al magín pensando en que quizás nos dejarían ponerlo en el patio vecinal y saltar por la ventana para columpiarme.

Pero eso era empresa imposible porque no lo permitía el entonces llamado "jefe de casa", un militar retirado, de los ganadores, al que hacían la pelota todos los vecinos y casi reverencia los porteros cuando se dirigían a él, además allí tiraban de todo los niños de los pisos que rodeaban ese patio, en fin, que de momento se aparcó detrás de la puerta del water, pero estorbaba tanto que apenas podíamos entrar, así que al final el lindo columpio fue a parar, sin estrenar, a la tienda "almoneda" que vendía muebles usados y que se lo compró a mamá por cuatro cuartos.

Y esa es la historia de un columpio en el que jamás pudimos columpiarnos las hermanitas Torres, sobre todo la más pequeña, ¡MOI!, que casi lloró de pena al verlo marchar para unirse a viejos muebles y trastos.

Me consolaba pensar que algún otro niño-a, podría disfrutarlo.


               Una anécdota de posguerra en los años 40.

1 comentario:

  1. Me pregunto ¿cuántas veces te habrás acordado de él mientras te columpiabas en otros columpios...? Ya me contarás.

    ResponderEliminar