Fueron sólo cuatro días pero me dio tiempo a ver lo mejor de esta llamada Ciudad Eterna, que es maravillosa. Además, como soy una cinéfila empedernida, me desplacé a muchos de los lugares que Audrey Hepburn y Gregory Peck visitan y recorren en la Vespa, en esa mítica y preciosa película que hoy he recordado en el título de esta página.
Hace casi cuarenta años que estuve en Roma pero sólo unas horas, con Carmina y los cuatro niños, en una escala que hacía el avión viniendo de Australia hacia Madrid, en unas pequeñas vacaciones para ver a la familia. Los maridos se quedaron currando en Melbourne porque no podían dejar el trabajo.
Cogimos un taxi que aceptó "albergar" a los seis, previa negociación con el taxista, (ya nos habíamos informado en el aeropuerto), y en unas tres horas nos llevó a visitar el Coliseo, el Foro, la Fontana de Trevi y poco más porque no daba tiempo, pero lo pasamos muy bien y mereció la pena esa escapada. Echamos unas monedas en la Fontana, como manda la tradición, para que vuelvas algún día y en mi caso se cumplió.Pero estos cuatro días en el verano de 2007 me permitieron hacer un detallado y estudiado recorrido y además poder pasear por sus calles y plazas, que es una gozada.
Llegué al aeropuerto de Fiumiccino y allí mismo hay un tren, (el Leonardo Exprés), que te lleva directo a la estación Términi, y su nombre me recordó aquella película en blanco y negro con la gran actriz italiana Anna Magnani.
El hotel Portamaggiore quedaba cerca y me fui caminando por la Vía Domicci. Un antiguo, bonito y cómodo hotel. Mi habitación tenía balcón a la gran Piazza del mismo nombre y que está rodeada por las milenarias murallas que te vas encontrando por partes, más o menos grandes, en toda Roma.
En el centro de las murallas había un gran arco o puerta, una de las siete que había en la ciudad para entrar, por eso se llama Piazza di Porta Maggiore.
Como era el primer día y se me había ido toda la mañana, después de comer me cogí el tranvía que me llevaba hasta el Coliseo y el Foro, dos lugares que recordaba tanto de años atrás. Esta vez hice el recorrido despacio y tranquila. Impresionante el exterior del Coliseo y cuando entras más aún.
Y el Foro, con esas bellas ruinas de palacios, arcos, calzadas por donde caminaron tantos personajes de la historia. Se me pasaron las horas sin sentir y allí mismo vi ponerse el sol. Hice vídeo y fotos preciosas.
El segundo día me levanté temprano porque iba al Vaticano y entre las colas para entrar a la Basílica de San Pedro, subir a la Cúpula y luego los Museos del Vaticano con otra enorme cola, te lleva todo el día, con una pequeña parada para comer y descansar.
Antes de entrar en la Plaza de San Pedro, vi en la calle que se dirige a los aposentos del Papa, a la Guardia Suiza, dos guapos chicos rubios con su vistoso uniforme y me fui derecha a fotografiarlos y una pareja de japoneses me hicieron una foto con ellos.
Después entré en la Plaza atravesando la maravillosa columnata de Bernini que la rodea y me puse a la cola que no fue tan pesada como esperaba porque corría bastante y además estás mirando y admirando todo lo que tienes a tu alrededor y se te pasa el tiempo volando.
Cuando vas entrando la cola se bifurca hacia espacios diferentes, las catacumbas donde están enterrados todos los Papas, la Basílica o la Cúpula. Yo me dirigí primero al ascensor que sube a la Cúpula para ver toda la Basílica desde arriba, que es algo espléndido porque se domina desde la entrada hasta el altar.
Qué bellísimo trabajo en el arte del mosaico hay todo alrededor de esa cúpula con enormes y preciosos ángeles. Di toda la vuelta y después hay unas escaleras que te llevan hasta la misma punta desde donde puedes contemplar todo Roma. ¡¡Qué maravilla!!
Luego bajé y me recorrí muy despacio toda la Basílica. Describir lo que allí ven tus ojos es imposible. Sólo decir que tienes delante "La Piedad" de Miguel Ángel, protegida por metacrilato para que nadie se acerque a la escultura. La tumba de San Pedro con sus enormes velas eternamente encendidas, pinturas bellísimas de grandes maestros, pilas de agua bendita en mármol rosa con enormes y preciosos angelotes rodeándolas, los suelos, los techos, el Altar, todo increíble, todo arte puro.
Después de comer un estupendo menú en un restaurante cercano y descansar a la sombra porque hacía un calor terrible, me encaminé hacia los Museos del Vaticano que están dando la vuelta por detrás de la Plaza.
Allí había mucha más cola aún, pero me lo tomé con paciencia apoyada a la sombra de las murallas y de vez en cuando cruzaba a comprarme un helado o tomar algo y así mover las piernas.
Al cabo de más de una hora llegué a la puerta y tuve suerte porque cerraban a las cuatro y pude entrar de milagro. Allí la entrada es más cara que en la Basílica porque está la Capilla Sixtina y se aprovechan bien, pero merece la pena porque es algo único. Y no sólo la Capilla, sino las maravillas que vas descubriendo en cada sala y larguísimos pasillos, anchos y llenos de luz que entra a través de los balcones que dan a preciosos y cuidadísimos jardines.
Grandes y bellísimos cuadros, murales y tapices de Rafael y otros maestros de la época. También enormes patios que vas atravesando con fuentes y esculturas, arcos y debajo de cada uno de ellos lujosas bañeras de mármol blanco, negro y rosado que pertenecieron a emperadores romanos.
Y por fin llegas a la Capilla Sixtina y lo primero que piensas es que solamente por estar allí y ver la grandiosa obra de arte que pintó Miguel Ángel, ya merece la pena ir a Roma. Te quedas alucinada y te preguntas cómo han podido las manos, el talento, la creatividad y capacidad de trabajo de un solo hombre, realizar aquella grandiosa obra de arte, aunque empleara en ello varios años.
No hacía mucho que habían sido restauradas todas las pinturas, tanto las del techo, (800 m2), con "La Creación de Adán" y todas las demás escenas bíblicas y la enorme pared frontal del Altar Mayor con episodios del Génesis. Esto es lo que pude ver y admirar con más detalle y comodidad, pero el techo está tan alto y mis cervicales tan mal, que a pesar de sujetarme el cuello con la mano, me dolía y sólo podía mirar unos minutos y luego descansar, mirando los laterales de la Capilla, que no son de Miguel Ángel pero maravillosos y de grandes maestros. A un lado el Antiguo Testamento y al otro La Vida de Cristo, (Nuevo Testamento).
Según leí en el libreto que compré, lo pintaron por encargo del Papa Sixto IV, algunos de los mejores pintores de la época, como Perugino, Botticelli, Guirlandaio,(maestro de Miguel Ángel) y Cosimo Roselli.
Conseguí sentarme en uno de los bancos que hay a ambos lados de la Capilla y allí estuve no sé cuánto tiempo. Lo perfecto sería estar sola en aquel lugar único, en vez de rodeada de gente.
Me sentí muy afortunada por haber podido contemplar todo aquello, aunque sólo sea una vez en la vida.
Gracias, Michelangelo!!
continuará...










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