miércoles, 19 de agosto de 2015

Mis encuentros con famosos. NUREYEV.


Mis memorias están ya en la época actual, pero hay pasajes curiosos y puntuales que ocurrieron a lo largo de muchos años y que iré contando en diferentes páginas, no cronológicamente, pero según los vaya recordando.

El encuentro que más me impactó, aunque los hay divertidos e interesantes, fue con el maravilloso bailarín Rudolf Nureyev.

La primera vez que le vi en mi vida fue en Melbourne en el teatro St. Kilda, junto a la playa del mismo nombre.

Jamás olvidaré esa noche. Nada menos que "El Lago de los Cisnes" y con Margot Fonteyn que hacía una de sus últimas apariciones antes de retirarse y yo tuve la gran suerte de ver juntos a estos irrepetibles bailarines.

Fui con Gerardo pero a él el ballet no le iba mucho y no valoró lo que tenía ante sus ojos.

Años después, ya viviendo en Madrid, se presentó en el Teatro de la Zarzuela con "El Corsario" y le convencí a Gerardo para ir a verle.
                                                                                 
Fue increíble. Volaba por el escenario y su belleza física, perfección y técnica artísticas te dejaban alucinada.

Estábamos en las primeras filas del patio de butacas y al terminar éramos de los últimos en salir y sin pensarlo mucho, ni imaginar lo que iba a ocurrir a continuación, me dio por preguntar a uno de los acomodadores si sería posible ver unos minutos a Nureyev y pedirle que me firmase el bello programa para llevárselo a mi hija.

Y esa persona encantadora me dijo en voz baja que la puerta que había a la derecha del escenario, subiendo unos peldaños, daba al backstage y que esperase un poco a que hubiera salido todo el mundo.

Así lo hice. Gerardo me esperó abajo y abrí esa puerta mágica justo para ver al Maestro que le envolvían en un precioso albornoz blanco largo hasta los pies.

Al verme con mi programa y bolígrafo en la mano, me miró y con una sonrisa me indicó que esperase un poco.                                                                                              

Se metió en el camerino con sus ayudantes que salieron después para decirme que cuando se hubiera duchado y vestido, me recibiría.

Le avisé a Gerardo y esperé como quince minutos. No me lo creía. Allí estaba YO SOLA junto al camerino y poco después YO SOLA con ÉL, saludándole y dándole las gracias por recibirme.

Como vio que hablaba inglés se sentía cómodo. Me preguntó cómo me llamaba, le dije que África y enarcó las cejas como sorprendido. Después le indiqué que era para mi hija Carol, (aún conserva esa bonita foto dedicada a ella).

Nunca olvidaré el traje que llevaba. De suave pana color café con leche y el estilo principios del siglo XX. Me llamó la atención los pantalones que eran bombachos y con travilla ajustada por debajo de la rodilla, medias beige y zapatos con lengüeta en color teja.

Me dio DOS BESOS y nos despedimos no sin antes volver a darle las gracias. Ver esa bellísima cara tan cerca, oir su voz durante unos minutos, hablando con ese dios de la danza, en fin, un privilegio que solo te puede ocurrir una vez en la vida y que recordaré siempre, siempre.

Le vi de nuevo, esta vez saliendo del edificio de Galerías Preciados, ahora FNAC. No le molesté ni le dije nada, sólo le miré y disfruté de ese momento. Era invierno, iba envuelto en una capa y con una gorra o boina ladeada. Me paré para mirarle de espaldas hasta que desapareció.


Del triste final de su vida no quiero hablar porque me dolió mucho. Prefiero quedarme con su inmenso arte y aquellos minutos mágicos junto a él, en el camerino del Teatro de la Zarzuela.



Tumba de Rudolf Nureyev en Sainte Genevieve des Bois, (París)

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