sábado, 15 de agosto de 2015
ALUCHE-l998-2013
Vuelvo en mis "Memorias..." a los casi quince años que viví en el barrio de Aluche.
Fue una época larga de mi vida que siempre recordaré con cierta nostalgia hacia esa zona de Madrid, porque en aquel cuarto piso sin ascensor, ni calefacción, pero amplio y luminoso, transcurrieron años tranquilos y gratos, siempre ligados a mis nietos, que también lo recuerdan con mucho cariño, hasta tal punto que cuando preparaba la mudanza hacia General Ricardos, vinieron los tres a pasar un fin de semana para DESPEDIRSE de aquel lugar en el que habíamos pasado tantos buenos ratos juntos desde que eran muy pequeñitos.
Primero fue Dora que con 2-3 años me la traían los papás algún fin de semana de vez en cuando, mientras que Carlota era un bebé.
Cuántos recuerdos de mi Dora chiquitina jugando con todos los cacharritos y juguetes que tenía en casa para cuando ella venía.
Los ratos en el precioso parque de Aluche donde jugaba con otros niños o conmigo a la pelota y en los columpios y toboganes.
Había un lugar especial que era sólo nuestro. Unas grandes piedras junto al agua del río artificial y en el centro de las mismas un espacio con arena que era "su casita". Hacía que abría la puerta entre las dos piedras y colocaba algunos juguetes encima de la más pequeña.
Otras veces mirábamos los peces y los patos y les echábamos miguitas de pan o galletas.
Cuando Carlota fue creciendo se unió al grupo y ya eran las dos con las que compartía algunos fines de semana.
En casa lo pasaban muy bien porque había una gran terraza llena de plantas que ellas regaban y en verano salían descalzas en bañador y se mojaban una a otra.
Nunca estaban solas y siempre me sentaba cerca de ellas mientras estaban en la terraza. Ellas ya sabían que no podían abrir el balcón y salir si no era conmigo.
Otro de los recuerdos entrañables que ellas no olvidan era el gran sillón de brazos muy anchos donde por la noche nos sentábamos las tres a ver la tele o una peli de niños que yo iba comprando. Yo me sentaba en el sillón y ellas en cada uno de los brazos y estábamos tan cómodas y muy juntitas.
Tenían tanto cariño a ese sillón que cuando fueron a despedirse del piso me decían que me lo llevase aunque estaba ya muy viejo el pobre. Pero no pude hacerlo porque era enorme y no me cabía en el otro apartamento.
Luego llegó Diego y cuando tenía 3-4 años engrosó el grupo y ya tenían que dormir los tres juntos en mi cama y yo en la pequeña del otro dormitorio.
Parece que los estoy viendo a los tres acomodándose para coger el mejor sitio, charlando y riéndose por cualquier cosa y yo con ellos, hasta que eran las tantas y tenía que poner orden porque era la hora de dormir. Y cuando estaban dormidos como ángeles, yo les miraba y me sentía tan feliz y afortunada...
Por cierto, ya no había sitio para los tres en el viejo sillón y por turno se tenían que sentar en una sillita, aunque siempre había un poco de bronca hasta que se ponían de acuerdo.
A veces me los traían Carol y Charlie los viernes por la tarde noche y venían a por ellos el domingo antes de comer. Quédábamos en el parque y allí nos encontrábamos junto al lago y su gran fuente central. Para mis nietos, ir a casa de la abuela era como una aventura, como si fuera el pueblo, un lugar "lejano" donde había que coger el coche o el metro para llegar.
Otros de los buenos ratos que compartíamos eran nuestras visitas al centro comercial. Siempre seguíamos la misma ruta, primero montar en los caballos, coches, etc., que había en el hall de la planta baja, luego comíamos en Burguer King y después íbamos a mirar el escaparate de la tienda de pets donde casi siempre había nuevos cachorros de diferentes razas.
Entrábamos a ver los peces, serpientes, loros, jilgueros y todo tipo de bichos imaginables y al final nos metíamos en Carrefour para recorrer despacio toda la sección de juguetes y libros infantiles.
También recuerdo el extenso espacio de altos y hermosos chopos que hay al principio del parque, donde siempre jugábamos a tirar penaltis y la portería eran dos grandes troncos. Nos poníamos de porteros por turno y los que mejor paraban eran Dora y Diego. A Carlota y a mí nos la colaban casi siempre.
Nunca me faltaba una pelota grande que compraba en los chinos y que se desinflaba pronto, pero era barata y siempre había repuesto.
Les encantaba a los tres la escultura que hay junto al metro de Aluche, "Esperanza caminando", la figura dulce de una adolescente camino del Instituto, con los libros y cuadernos en la mano, del escultor Julio López y que no está firmada porque es una copia del original que más adelante descubrí en Oviedo, al pasar por el teatro Campoamor. Esa sí está firmada. Los cientos de veces que fui hacia el metro en esos años, nunca dejé de mirarla y es tan sencilla y real que despierta ternura y la mirada es equivalente a un saludo.
Ahora veo a mis nietos tan grandes, los tres adolescentes y recuerdo con nostalgia esa infancia que, afortunadamente, he compartido y disfrutado con ellos en Aluche y también en su casa, cuando algunos días iba a buscarlos al cole y pasaba la tarde con ellos hasta que llegaban los papás.
Dora se hizo mayor, quedaba con su grupo de amigos y aquellos fines de semana con la abuela fueron de Carlota y Diego.
En mi nuevo apartamento, que está junto a ellos, también les veo mucho, pero ya pasó la época de cuidarles y, crecen tan deprisa!! A mi edad es una alegría y tranquilidad muy grande estar tan cerca unos de los otros, además el apartamento es pequeño pero monísimo, con más comodidades que el otro y estoy encantada de haber vuelto a mi barrio de toda la vida.
Pero sigo pensando, !!qué deprisa crecen y qué deprisa pasa la vida!!
Todo llega y todo pasa, como dice Machado.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)





No hay comentarios:
Publicar un comentario