martes, 25 de febrero de 2014

Nuestra nueva vida en Madrid


No fueron fáciles estos primeros meses.

Gerardo organizó el taller, compró maquinaria y contrató a cuatro chicas, oficialas de sastrería.

Contratos, seguros sociales, etc., un montón de gestiones y por fin comenzó a trabajar con la ropa de confección que le entregaba cortada Cortefiel.

Era un buen profesional y las prendas quedaban perfectas. La empresa contenta con los resultados pero
presionando siempre con las fechas de entrega y tenían que trabajar a destajo.

Los niños habían comenzado en un colegio que teníamos justo enfrente del piso en Moratalaz y el padre de Gerardo se vino a vivir con nosotros. Siempre había estado con los otros hijos porque era mayor y con mala salud y nos alegraba tenerle con nosotros, ahora que habíamos regresado de Australia y después de muchos años sin verle.

Como estaba él en casa pensé en hablar con Pons para un posible trabajo de media jornada y enseguida me dijo que sí. No fue en la gestoría sino en otro negocio que tenía como mayorista de juguetes en Tribunal. Me dijo que necesitaba alguien de confianza para la caja y allí estaba yo, que me turnaba con su mujer, cobrando a los minoristas y haciendo el balance al final de la jornada, (4-5 horas), unas veces por la mañana y otras por la tarde.

A mí esto de ser cajera, manejar dinero, etc., no me gustaba demasiado y más de una vez me llevé un susto porque no cuadraban las cuentas. Por lo demás era un trabajo tranquilo y agradable.

Lo mejor de todo era tener a la familia cerca, reunirnos los fines de semana...nos parecía mentira estar juntos de nuevo.

Lo peor era que trabajábamos mucho, no parábamos un momento y no veíamos resultado alguno económicamente. Lo del taller de sastrería no dejaba apenas beneficios porque todo se lo llevaban los sueldos, seguros sociales de las empleadas, etc., y Gerardo que se pasaba todo el día metido allí, agobiado de trabajo y problemas, lo llevaba fatal.

En fin, que empezamos a no tener claro si íbamos a poder salir adelante o no y también a pensar en la mejor calidad de vida que teníamos en Australia, en todos los aspectos.

El caso es que un día recibimos una llamada de Carmina y Elías desde Sevilla diciéndonos que estaban pensando en regresar a Australia porque no les iba muy bien y cuando oyeron que a nosotros tampoco
y que estábamos en la misma idea, se pusieron muy contentos y a partir de entonces comenzamos a prepararnos para ese retorno.

Las familias de todos se disgustaron por los nuevos planes pero comprendían los motivos.

Gerardo terminó el pedido que tenía pendiente, finiquito e indemnización para las cuatro chicas y se puso a la labor de tratar de vender la maquinaria, que había costado un pastón y que no había forma de darle salida. Comprar es muy fácil, pero vender no. Al final lo dejó en manos de su cuñado y cuando encontrase compradores enviaría en dinero a Australia. (Pero ese dinero nunca llegó).

Mis cuñados Carmen y Pepe, que habían vuelto de Australia años antes, estaban ya asentados en Madrid. El principio tampoco había sido fácil para ellos, pero poco a poco habían conseguido una situación cómoda. Él trabajaba en IBM y ella daba clases de inglés en Berlitz. Tenían una hija preciosa, Marta, y un piso muy bonito en Ciudad Lineal. Lamentaron nuestro regreso a Australia, pero comprendían la situación.

Pensamos en alquilar el piso de Moratalaz para que nos ayudase a pagar las letras mensuales de la hipoteca y pusimos un cartel en el portal. Enseguida se interesó un matrimonio con dos niños.

Nos preocupaba el tipo de personas a quien íbamos a dejar el piso con los nuevos y bonitos muebles, pero la cuestión económica era importante y además parecían majos y educados. Él era ingeniero, (eso nos dijo), en fin, a Loli la dejamos de nuevo con el lío de controlar los pagos de los inquilinos que luego nos decía en cartas que a veces ingresaban tarde y mal.

Así llegó la fecha del viaje de retorno. Nos reunimos toda la familia para despedirnos. Fue bonito y triste al mismo tiempo. Decirles adiós de nuevo y solo después de unos meses de la llegada, no era fácil.

Esta vez íbamos más ligeros de equipaje, sin aquellos cajones de madera. Parte de su contenido se quedaba en la casa para que lo disfrutasen unos extraños. También pequeñas cosas que les dejamos a mamá y Loli.

En la próxima página el viaje desde Canarias en el Galileo Galilei...

No hay comentarios:

Publicar un comentario