martes, 9 de julio de 2013

Jugar en la calle

Madrid, verano años 40 del siglo pasado, vacaciones en el cole y en las calles del barrio de Chamberí que era el mío, los niños la ocupábamos a todas horas y no sólo las aceras, la calle al completo era nuestra. Pocos coches, algún tranvía de vez en cuando y todo servía para aumentar y crear nuevos juegos y travesuras a veces un tanto arriesgadas: chapas puestas en los raíles justo cuando iba a pasar y que nos las dejaba bien aplastaditas y ganaba la que quedaba más plana y perfecta. También tirábamos de la cuerda del troley, lo sacábamos del cable eléctrico, el tranvía se paraba y salíamos corriendo antes de que el conductor o cobrador nos pillase. (Nunca lo conseguía pero nos llamaba de todo menos guapos). Había algunos chavales-as que nos atrevíamos a montar en el parachoques de la parte de atrás cuando comenzaba a andar y nos bajábamos en marcha al coger más velocidad.
                                                           
Esto es sólo un pequeño ejemplo del montón de juegos y alegres e inocentes aventuras que a diario vivíamos
e inventábamos los niños de aquella época. En otro momento recordaré alguno más.

Ahora las calles están tomadas por el monóxido de carbono de los miles de coches, autobuses, motos, camiones, etc., y las aceras por los viandantes que se cruzan con paso acelerado.

Los niños juegan en pequeños parques vallados o en sus casas prisioneros de la Play, el ordenador o el móvil de última generación, nunca mejor dicho. Pero eso es otra historia...  


1 comentario:

  1. Sigue, por favor, no pares... al menos un poquito cada día. Me hace volver a ser el niño que escucha el cuento imprescindible, siempre mágico.

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