Mis paseos matinales chupi, pero los de la tarde-noche son maravillosos. Setos, flores, mares de lavanda por los que pasas suavemente los dedos y te los perfuma de tal manera que cuando llegas a casa no quieres lavarte la manos. Àrboles de todas las especies, grandes espacios de cuidado césped con montículos y surtidores que te acompañan todos los caminos con el rumor del agua.
Su larguísimo circuito para ciclistas y patinadores, es increíble. Yo no lo conozco completo, pero Carol y los nietos se van con sus bicis y me cuentan que en quince minutos se ponen en Príncipe Pío.
Hay dos piscinas de chorros a ras del suelo, que suben y bajan y que de pronto se convierten en agua espolvoreada, como una nube, y los niños de todas las edades, (y muchos papás también), disfrutan todo el día refrescándose y sin el peligro de las piscinas normales donde ya han ocurrido varios accidentes mortales este verano con críos de corta edad.
Y luego están los dos preciosos puentes, el de Toledo del s. XVIII y a unos cien metros el nuevo llamado Puente de Arganzuela del s. XXI, tan diferentes y tan bellos. Por la noche los iluminan y las viejas piedras, con sus grandes ojos encendidos y el otro, como un gran tirabuzón de plata, te llevan del pasado al presente asomándose al Manzanares y yo doy gracias por mis ojos, por la vista que me permite disfrutar de todo ello.
Por cierto, me he puesto a contar mis paseos por el parque de mi barrio, que ya no es Aluche, porque en abril he vuelto a General Ricardos, mi calle de muchos años, donde vivíamos toda la familia, teníamos la pizzería y Carol comenzó con su academia de inglés y también tiene su hermoso y bonito piso junto a Marqués de Vadillo, He tenido la suerte de encontrar un apartamento monísimo y muy cerca de ella y mis nietos, así que estoy encantada. Es muy importante a mi edad la cercanía con mis cuatro cariños. Tengo ascensor y más comodidades que en el piso anterior, el metro al lado, en fin, he ganado calidad de vida en todos los aspectos.

Y sigo comentando algo que disfruté anoche paseando por "mi parque".
De repente la naturaleza te hace un regalo añadido y aparece una luna como una naranja enorme que me dejó embobada por el color y el tamaño. Después fue subiendo poco a poco y tornándose blanca pero igualmente bellísima. Dicen que hay personas a las que afecta negativamente la luna llena. A mí me pasa todo lo contrario y me podría quedar mirándola durante horas, allí, suspendida en el firmamento con ese brillo único que cuando te entra por una ventana proyecta una luz absolutamente mágica.
DEBE SER QUE SOY UNA LUNÁTICA LÙCIDA.





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