sábado, 27 de julio de 2013

"Alimentos de la posguerra"

Los recuerdo como si los estuviese saboreando ahora mismo, !y todos me gustaban!, (o era muy conformista o había mucha hambre o las dos cosas).

Bueno, todos no, porque el famoso puré de San Antonio sabía a rayos, pero era muy barato y sólo había dos opciones, el de patata y el del santo.

En los platos calientes, aparte de los dos anteriormente citados, estaba la sopa de ajo, (que era un poco gurmet porque nunca sobraba pan para el día siguiente), y las patatas viudas como las llamaba mamá porque no iban acompañadas de nada, pero con el refrito que hacía mamá y el caldito bien calentito estaban muy ricas.

Luego estaba el "main course", o sea el segundo plato que se componía casi siempre de pescado azul: sardinas, boquerones, chicharros, bacalaíllas o verdeles, (ahora caballa), porque la carne era bocado prohibido hasta que empezó a llegar de Argentina la carne congelada que nos cortaba el carnicero muy finas con su gran cuchilla redonda de manivela, (aún no existían las eléctricas). Luego mi madre golpeaba los filetes con una piedra que aún conservo en lugar privilegiado en casa y que tiene la huella de su dedo pulgar porque fueron muchos años de uso, y ya estaba preparada para que, con un poco de esfuerzo, las muelas pudieran triturarla. Pero también estaba muy rica porque ella la aderezaba con ajo y perejil.

Vamos a los postres. En general era fruta del tiempo, pero no cualquier fruta porque los plátanos, cerezas, fresas... no entraban dentro del presupuesto, pero sí las uvas del albillo, pequeñitas pero muy buenas tanto las blancas como las negras, con algunas secas-pasas en los racimos que me encantaban, las manzanas, también las pequeñas que eran más baratas y poco más.

De vez en cuando mamá nos hacía natillas con los sobres de Potax o arroz con leche-aguada y nos chupábamos los dedos. También flan y recuerdo cómo ponía un poco de azúcar en la sartén para calentarlo y hacer caramelo para depositarlo en la fuente honda antes de verter el flan y luego cuando cuajaba lo íbamos cortando en cuadraditos bien administrados. !Ah,! y algunas veces cuando sobraba un poco de caramelo todavía líquido en la sartén, mis hermanas y yo hacíamos cucuruchos con papel de estraza y echábamos el caramelo, poníamos un palillo encima y !ya teníamos un pirulí de la Habana que se come sin gana!.

El desayuno antes de ir al cole era un poco de leche-aguada, en un tazón bien calentita con unas sopitas de pan o cuando había suerte un par de galletas María. Por cierto que estas galletas me gustaban tanto que una de mis fantasías era que en la tienda de ultramarinos de Avelino, en la esquina de mi calle, me regalaban una caja de aquellas grandes, metálicas y cuadradas y podía comer todas las María que me apeteciesen. (Me siguen gustando mucho y las tomo en el desayuno).

El pan merece un apartado sólo para él. Para mí y mucha gente, era un manjar que siempre nos sabía a poco porque estaba racionado, pero había "estraperlistas" que lo vendían en la calle, (por lo bajinis, porque si pasaba un guardia de abastos, se lo quitaban todo), y cuando era posible comprábamos un chusco de pan candeal que era pura gloria, pero a mí el que más me gustaba y encima era el estraperlo de pan más barato, eran las llamadas bolas que eran de harina de maíz de color amarillo y de las que todavía recuerdo su sabor.

Se me olvidaba comentar que la fruta que sí estaba a nuestro alcance, algunas veces, eran las naranjas de las que aprovechábamos todo porque nos encantaba la parte blanca debajo de la piel y además mamá las pelaba con mucho cuidado para que la tira quedase entera y las colgaba encima del fogón y daban un olor muy agradable a la cocina. Y del melón quitábamos las tripas y las pipas las poníamos a secar extendidas encima de la placa y estaban buenísimas tostaditas. También me gustaban !!las algarrobas!!
                                                                                                                             
La merienda solía ser un trocito de pan con aceite y azúcar. También me lo preparo ahora de vez en cuando y me encanta.                                                                                

Y mil cosas más que podría contar...pero otro día.

2 comentarios:

  1. Me recuerdas a esos niños y niñas del tercer mundo que nos miran sonrientes (con la sonrisa en el fondo de los ojos, además) y francos, y que siempre me hacen preguntarme: ¿como es posible que estos niños que no tienen nada puedan mirarnos con tánta felicidad?

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    1. Hola Upande, yo también me lo pregunto cuando pienso en aquellos tiempos duros y difíciles, pero que yo, curiosamente, siempre recuerdo con normalidad y alegría. Todo ello forma parte de mi infancia, es lo que había, estábamos vivos después de una terrible guerra civil, que no era poco y lo que tocaba era ser niños, jugar y sonreir. Las carencias
      se llevaban bien porque no había otra y éramos razonablemente felices, como estoy segura que lo son la mayoría de los niños y niñas del tercer mundo aunque no tengan nada. Dios bendiga y proteja a todos y cada uno de ellos.

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