El tercer día fue muy movido y bonito porque me recorrí media Roma en tranvía, metro y autobús.. Me saqué un ticket para coger cualquier medio de transporte durante todo el día y poder así trasladarme a todos los lugares que me puse en la lista que, por supuesto, incluían algunos de los más famosos de la película "Vacaciones en Roma".
Comencé por la Plaza de España. Me subí toda la escalinata hasta la antigua y bonita iglesia que hay arriba del todo. La visité y después bajé despacio recreándome en las vistas que tenía ante mis ojos y me senté en uno de los polletes, como hizo Audrey Hepburn, pero no apareció Gregory Peck, qué se le va a hacer.
Era temprano y no había demasiado turista. Allí cerca está la Fontana de Trevi y llegué paseando hasta ella. Qué bellísimas esculturas, qué gran y preciosa fuente, en aquella plaza rodeada de pequeños restaurantes y cafés.
Recordé también la escena de "La Dolcce Vita", con la exuberante Anita Edberg y "MI" Marcello Mastroianni. Pero ni era de noche, ni el lugar estaba lo que se dice desierto, sino a tope de turistas y también locales que se gritaban unos a otros, fotos y monedas al aire a tutiplén, en fin, me busqué un huequecito desde donde mirar y observar todo y al final un grupo de adolescentes me hizo la consabida foto tirando una moneda al agua de espaldas.
Desde allí y después de preguntar a un carabinieri, cogí un tranvía que me llevaría hasta la iglesia medieval de Santa María in Cosmedín donde está la "Bocca de la Veritá". La enorme máscara de mármol "pavonazzeto". La colocaron en el exterior de la iglesia en 1.632 y la leyenda dice que mordía la mano de aquel que mentía. Se hizo muy popular a partir de la divertida escena que allí sucede entre los protagonistas de la película y se forman colas para meter la mano en la gran boca y hacerse una foto. Yo tengo una, pero lo más bonito y que la mayoría de la gente se lo pierde, es entrar en aquella Basílica Menor de arquitectura
románica construida en el s.VI, llena de historia y siglos, recorrerla despacio y sentarse en uno de sus viejos bancos a contemplar pinturas del s.VIII al XII y según leo en wikipedia, el excepcionalmente bien conservado cierre del coro de la Alta Edad Media y el delicado pavimento cosmatesco. Lo recuerdo porque me fijé en ello.
También me llamó la atención nada más llegar, su precioso campanario, el más alto de Roma en su época.
Pasé por el majestuoso y blanquísimo Palacio de Víctor Manuel y la preciosa Piazza Navona. Qué maravilla de plaza, qué fuentes, esculturas de Bernini y edificios que la rodean. Es inmensa y cuando entras no te quieres marchar. Hay que verla y caminarla despacio, disfrutando de cada detalle donde se posan tus ojos. Ocupa el área del antiguo Circo de Domiciano. Cerca de esa zona comí un exquisito y generoso plato de espaguettis y después, antes de dejar la Piazza, me senté a descansar en una de sus terrazas y tomar un capuccino y tarta de queso riquísimos.
Allí se me pasó gran parte de la tarde y tuve que dejar para el siguiente y último día el Museo Capitolino y el Castel de Sant'Angelo.
El vuelo salía por la tarde y me dio tiempo a visitar estos dos importantes lugares que tenía en mi lista.
El Museo Capitolino se considera el principal de Roma y según leí en el libreto también el más antiguo del mundo. Es bellísimo desde que comienzas a subir esa escalera, diseñada y construída, al igual que las esculturas y edificios, por Miguel Ángel. También es la sede del Alcalde y Ayuntamiento de la ciudad. La escalinata, llamada "Cordonata", fue realizada según los planos que Miguel Ángel ideó para la entrada del Emperador Carlos V en 1.536.
Allí está la famosa loba con Rómulo y Remo y preciosas pinturas y esculturas de grandes maestros, "Amor y Psiquis", El Sátiro", Homero y Sócrates, la Venus Capitolina... No pude ver más que una parte porque es enorme y me hubiera llevado todo el día, pero disfruté mucho las horas que le dediqué.
El Castillo de Sant'Angelo está junto al río Tíber y en una
zona muy bonita. Se construyó como mausoleo para el emperador Adriano en el s.II d.C. y según fueron pasando los siglos se convirtió en fortaleza con murallas para defender la orilla del río Tíber. En el s.X se transformó en castillo y pasó a manos de diferentes y poderosos señores de Roma, después a Papas que lo unieron al Vaticano por medio del "passetto", que era un pasaje de seguridad, según explica el libro.
Fue una visita cansada, pero muy interesante. Crucé el precioso puente sobre el Tíber que conduce al castillo y que tiene bellas esculturas de enormes ángeles a ambos lados.
Cuando entras vas subiendo por una larguísima rampa y pasas por patios con cosas muy curiosas y con muchos siglos de antigüedad como una gran ballesta, tan grande que la usaban para lanzar pesadísimas bolas de granito porque entonces no existían los cañones.
En el segundo piso llegas al patio de las prisiones o celdas, (muy lóbrego y triste), el tercero el Patio del Ángel, un enorme ángel de mármol muy bonito, luego el cuarto, llamado Patio de Alejandro VI, con un hermoso pozo de mármol y lo que más me gustó fue el pequeño y precioso baño de Clemente VII, al que se sube por una minúscula escalerita y que está muy bien conservado después de tantos siglos. El habitáculo tiene unos colores vivos y lindos en todo su entorno y también la bañera.
Estaban cerrados los aposentos papales, la Sala del Tesoro y la llamada "Cagliostra", que fue prisión del célebre alquimista Cagliostro.
Y por fin se llega a la quinta planta o piso terminal y merece la pena la subida porque tiene una gran terraza todo alrededor de las almenas con una vistas de Roma increíbles porque vas dando la vuelta y viendo las distintas partes de esta bella ciudad.
Se me quedaron pendientes muchos lugares como El Panteón, La Galería Borghese, San Juan de Letrán, Basílica de Santa María la Mayor, etc., pero será la próxima vez.
Después autobús al hotel, recoger la maleta y a la estación Términi y al Leonardo Exprés hasta el aeopuerto.
Ciao, bella Roma.



















































