No he mencionado en la anterior página que las primeras ciudades que visitamos nada más cruzar el Mar de Mármara fueron Canakkale y Bursa, (antigua capital otomana).
Su Mezquita Verde es preciosa. Nos dijeron que nos pusiéramos un pañuelo en la cabeza y fue una visita que me encantó y la ciudad también.
A la salida me hicieron una foto con un nutrido grupo de jóvenes estudiantes de la Universidad de Ankara, junto a la bonita Fuente de las Abluciones.
Al día siguiente nos esperaba algo realmente interesante, "las ciudades enterradas". Datan de cuando los primeros cristianos se asentaron en aquellas tierras, (s. II-IV), y como no había montañas donde escavar y hacerse refugios, iglesias y casas, lo hicieron hacia abajo, subterráneas con galerías, varios pisos y chimeneas de ventilación. Se conservaba una temperatura buena, tanto en invierno como en verano y estaban a salvo de enemigos con un sistema de entrada que sellaban con enormes piedras circulares con un agujero en el centro desde donde miraban y se defendían en caso de ataque, con flechas y lanzas.
Recorrimos algunas de estas viviendas con sus salas, dormitorios, iglesias y hasta corrales para los animales. Estaban muy bien organizados y allí vivieron durante varios siglos. Me encantó caminar por esas pequeñas ciudades enterradas.Sólo están preparadas algunas de ellas para los turistas, pero hay muchas más en aquella zona de Kaimakli.
Después llegamos a Esmirna, que es donde están concentrados los gitanos turcos y me impresionó ver las montañas que rodean la ciudad y que es donde durante siglos se han ido construyendo ellos mismos las chabolas donde viven. Miles y miles, pegadas unas a otras, desde abajo a la parte más alta de las colinas. Parecen enjambres y te recuerda a las fabelas que ves en la tele o películas sobre Brasil, pero esto es un espectáculo más pobre y más triste aún.
No hay derecho que los gobiernos permitan que vivan así millones de familias. Según nos dijo la guía, no es una ciudad segura, sobre todo por las noches, así que sólo paramos en las afueras, (Konya), para comer en un lugar precioso, una fortaleza del s.XIV convertida en restaurante y luego continuamos camino de Cappadoccia, donde llegamos por la noche a uno de los hoteles más bonitos, el Burcu.
Salimos temprano por la mañana para recorrer el día completo las mágicas tierras de esa zona de Turquía que, sin exagerar nada, es como si entrases en "el país de las maravillas" y por mucho que te hayan contado o visto en fotos o folletos de publicidad, te deja absolutamente alucinada y no te puedes creer lo que tienes delante de los ojos.
Además en las distintas zonas que vas recorriendo, "el paisaje lunar" va cambiando y de repente te encuentras con casas e iglesias carvadas en la montaña, con unos frescos pintados en las paredes bellísimos y bastante bien conservados, todos con temas religiosos, de los cristianos que las habitaban.
Pero lo que más te asombra es las figuras caprichosas e increíbles que la erosión de la tierra ha ido creando al pasar de los siglos en valles de arena caliza y cuando llegas a la zona de lo que llaman "chimeneas", ya es que no te lo puedes creer y te quedas allí plantada e hipnotizada, sin poder apartar los ojos de aquello, preguntándote cómo es posible que no esté hecho por la mano del hombre y que la naturaleza haya construido esas gigantescas setas con su gorro en todo lo alto.
Menos mal que nos dieron bastante tiempo para disfrutar de esas maravillas únicas en el mundo, y estuve caminando sola de aquí para allá, a mi aire, haciendo fotos y vídeo, (las cámaras echaban humo). Fueron unas horas fantásticas.Cuando miro las fotos o la peli, recuerdo todo con nostalgia y también alegría por haber tenido la oportunidad de contemplar a mi edad tanta maravilla.
En este hotel de Cappadoccia fue el único en el que estuvimos dos noches y en la segunda nos llevaron al grupo al Monasterio de Saruhan, (1249), para ver a los Derviches, que son esos danzarines que bailan dando vueltas sin parar, pero tan rígidos de cuerpo y cabeza hacia un lado, que parecen girar sobre una plataforma sin mover los pies, cubiertos por la larga y amplia falda.
En este caso no era un simple espectáculo folklórico como los que se ven en Estambul, sino una ceremonia completa de monjes sufistas, en la que hay que estar en un silencio total. No se pueden hacer fotos o aplaudir. Después de una inclinación van retirándose.
No terminó todo ahí porque nuestra guía Arzu nos "enchufó" para tomar un té en una dependencia del Monasterio, sólo nuestro grupo, y allí estuvimos un buen rato charlando y hasta nos leyeron los posos del té en nuestras tazas con mensajes que nos hacían reir a todos. Lo pasamos muy bien.Antes de entrar en el Monasterio fuimos a la Mezquita-Museo de Hazreit Mevlanâ, creador de la filosofía sufista. Allí está la suntuosa tumba de él y su familia.
De vuelta ya hacia Estambul pasamos por Ankara donde paramos sólo para comer porque es una ciudad inmensa y moderna y sin nada especial que ver.
Sí lo hicimos en Izmir, famosa por estar en "la ruta de la seda" y visitamos una fábrica de alfombras de seda natural todas ellas. Yo nunca las había visto ni tocado y es una experiencia muy especial.
Además antes de pasar al salón y sentarnos en los cómodos sillones donde nos sirvieron un exquisito té de menta, entramos en los talleres donde hay enormes sacos de capullos de seda y mujeres en máquinas hiladoras, con los capullos en remojo dentro de un barreño y con una facilidad y maestría asombrosa, van cogiendo los hilos y enganchándolos en una rueda que va formando la madeja.
Había docenas de madejas de seda natural colgadas alrededor de las paredes. Fue verdaderamente curioso y bonito.
Próxima y última página, ESTAMBUL.






Me alegro de que hayas reemprendido el relato de tus viajes. Son una parte importante del tesoro de tu vida. Como un gran haiku de colores, sonidos y olores.
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