sábado, 5 de julio de 2014
Olvido en página anterior.
En esa página de la Navidad de 1.981, en la que nos trasladamos a Madrid y Sevilla para pasar un par de semanas con la familia, ocurrió algo serio e importante durante el viaje, poco antes de llegar a Madrid.
Era un día lluvioso y la carretera estaba fatal. Además el ambiente era tenso y no había muy buen rollo entre Gerardo y yo porque le había avisado en varias ocasiones de que condujese con cuidado por el mal estado de la carretera. A él todo lo que no fuera llevarle la razón, le molestaba, pero yo iba muy preocupada porque él apenas había desayunado y sin embargo paró varias veces a tomar unas copas y café solo, mientras que los niños y yo tomábamos algo caliente con bollería o tostadas, pero por más que le dije que desayunara bien, él ni caso, así que su cuerpo y sus reflejos no estaban lo que se dice a punto.
Esto, más de la velocidad prudencial y la calzada mojada, hicieron todo lo demás.
Yo le decía con tacto para no enfadarle, pero mirando de reojo el reloj que marca los km., que no teníamos prisa por llegar y que fuera más despacio, pero a estos comentarios él respondía acelerando más, así que terminé por cerrar la boca, pensando sobre todo en nuestros hijos que iban atrás y también preocupados y un poco asustados por el cariz que estaban tomando los acontecimientos.
De pronto, en una curva a la izquierda, tomada muy rápida, el coche empezó a derrapar hacia el lado contrario de la carretera y Gerardo que vio que perdía el control nos grita: "!agarraos que volcamos!".
Y dicho y hecho. Vuelta de campana, y en esos segundos de terror, que no sabes cómo pueden terminar, yo me recuerdo a mí misma diciendo a los niños: "no os asustéis que no va a pasar nada!".
La sensación, cuando está ocurriendo, es imposible de explicar o describir y cuando te ves boca abajo tu único pensamiento es sacar a los niños de allí, salir como sea porque en mi cabeza estaba la posibilidad de que el motor pudiera explotar y arder en llamas.
El coche quedó, más o menos, como el que he puesto en la imagen. !!!Y salimos los cuatro ilesos, sin un rasguño!!!.
Fue un auténtico milagro. Gerardo salió el primero por la ventanilla y sacó a Gerry, pero Carol estaba atrapada por el respaldo del asiento y no se podía mover y yo, como si alguien me dijera lo que tenía que hacer, metí el hombro justo en el punto que hizo de palanca y enseguida la sacó su padre. !!Y yo fui la última "que abandonó el barco"!!.
Los cuatro sin un solo arañazo y lo curioso es que llevábamos en la parte de atrás un montón de cosas y dulces de Navidad, algunos de ellos frascos de cristal con fruta en almíbar que se rompieron y junto a Carol había muchos cristales que podían haberle hecho daño. Como digo, un susto terrible pero nosotros sanos y salvos que era lo más importante. Gery hasta salió con sus gafas puestas y no se rompieron.
Enseguida pararon algunos coches y le ayudaron a Gerardo a darle la vuelta y ponerlo bien. También nos dijeron que avisarían a la guardia civil para que mandasen una grúa.
Y esta fue la segunda parte del día. Pasaba el tiempo y allí no llegaba nadie. No sabemos por qué, el caso es que Gerardo, que lo mismo era un desastre para unas cosas, pero efectivo y decidido para otras, se puso a mirar el motor y el coche que tenía los guardabarros pegados a las ruedas y con algunas herramientas consiguió separarlos, miró el motor, probó el contacto y arrancaba perfectamente, así que comenzamos a limpiar y quitar en bolsas todo lo que se había roto, lo pusimos en el maletero para tirarlo y como ya se estaba haciendo de noche, nos metimos en el coche y medio escacharrado, pero funcionando, llegamos a Madrid.
Cuando se lo contamos a mamá y Loli, no se lo podían creer.
Era 24 de diciembre, día de Nochebuena y el milagro de Navidad se había producido.
Al día siguiente no había ningún taller abierto, pero después lo llevó Gerardo y lo repararon todo en pocos días y con ese mismo coche llegamos a Sevilla a pasar la Nochevieja con Carmina, Elías y los chicos.
Como he contado en otros capítulos de Australia, tuve muchas experiencias de accidentes de coches con el conductor temerario que tenía por marido, pero este fue el peor de todos. Eso sí, milagrosamente nunca hubo víctimas.
Por eso, al ver que mis hijos estaban bien y nosotros también, me tragué y dominé la indignación y el mosqueo que tenía por aquel terrible accidente que podía habernos costado la vida y que pudo haberse evitado con un poco más de responsabilidad y sentido común.
continuará...
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