Seguíamos con nuestro negocio en la playa y el bonito chalet enfrente, y en muchos aspectos nos gustaba la vida allí, mucho trabajo pero también disfrutábamos de cosas y entorno que no teníamos en Madrid y sin embargo siempre pensábamos en volver. La gente de allí era maja, pero había de todo y en muchas ocasiones te sentías como ese forastero que no encajaba entre el paisanaje valenciano, y la lengua era una de las causas. Los chicos lo aprendieron enseguida pero nosotros nos entendíamos en castellano y en aquel lugar todos los negocios estaban regentados por valencianos y siempre había bromas más o menos pesadas y tiras y aflojas, en fin, que estábamos bien pero no lo suficientemente cómodos a la hora de sociabilizar con todo el mundo y sabíamos que no nos íbamos a eternizar allí.
En Navidades cerramos y fuimos a pasar esos días con la familia, primero en Madrid y luego en Sevilla.
Visitando a la familia de Gerardo vimos un local cerrado en la mejor zona comercial de General Ricardos y pensamos que sería ideal para poner allí un restaurante-pizzería.
En aquellos años no había apenas pizzerías en Madrid salvo un par de ellas en el centro y podía ser algo que funcionase muy bien, el caso es que hablamos con el dueño y nos lo enseñó. Había sido una joyería durante muchos años, así que era un local al que había que montar de arriba a abajo y llevaría muchos gastos, pero no dejamos de pensar en la posibilidad de llevarlo adelante, sin prisa pero sin pausa.
La familia se alegró de que tuviéramos planes a corto plazo para volver a Madrid.
Cuando volvimos a la playa comenzamos a realizar gestiones durante los siguientes meses y a dejar correr la voz de que traspasábamos el restaurante y tantear la venta del chalet.
Queríamos aprovechar los meses que faltaban hasta el verano en que Carol y Gerry terminaban los cursos en los distintos colegios. A ellos les gustaba la idea de volver a Madrid, eran adolescentes y aquel lugar era bonito y animado en verano, pero en invierno un poco solitario y aburrido a excepción de los fines de semana.
El caso es que conseguimos vender el chalet y el restaurante se lo traspasamos a una familia belga que se había encaprichado de él. Tenían mucho poder adquisitivo y vivían en un precioso barco que tenían amarrado en el puerto deportivo.
Próximo capítulo "Popa's Pizza"...


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