Hoy quiero hablar del valle que rodea al manzano.
Es tan verde, tan bello que te quita la respiración.
Sus colores, sus olores, sus rumores de fuentes y riachuelos, pequeños ellos, que te dicen con timidez, "estoy aquí, escúchame y moja tu mano en mis aguas escasas y claras".
Y yo lo hago y ellas se ponen contentas y siguen su cauce rumoroso, casi en silencio.
Los cruzo por puentecillos artesanales de troncos recién cortados por manos fuertes y bellas, hechos con amor y arte sano.
Y sigo caminando por ese bosque encantado, rozando el tronco de los árboles, de esos árboles plantados, criados y mimados también por manos hechiceras, y allí van creciendo y multiplicándose felices.
Caballos, vacas, ovejas, felices también con su verde alimento rodeándoles y yo, "carne de cañón de ciudad", disfrutando como una loca ante esa naturaleza pura y dando gracias por mis ojos y sentidos que me permitían valorarlo para recordarlo siempre. Y de repente algo inesperado y maravilloso que yo no había contemplado nunca. Surgió, de no sabemos dónde y volando muy bajo, por encima de nuestras cabezas, una pareja de águilas reales, planeando con sus enormes alas desplegadas. Una de ellas iba más alto pero la otra nos dejó alucinados y enseguida se perdió en el horizonte. En estos valles pirenaicos siempre te aguardan sorpresas que no te esperas.
Y luego está la casa, sencilla, hermosa y acogedora como sus moradores. Rodeada de plantas y flores de todos los colores, un vergel, un paraíso perdido en el Pirineo.
He caminado, palo en mano, hasta las colinas desde donde se divisa el precioso pueblo, acompañada de dos guapos donceles que me daban la mano cuando la cosa se ponía difícil.
Y así llegamos a la entrada del bosque umbrío donde se encuentra el manantial, vivo y cantarino, abrigado por viejos árboles que se abrazan unos a otros y sus raíces salen a respirar y se enroscan alrededor de los troncos y muchas hayas pequeñitas que unas pequeñas manos plantaron en pequeñas macetas para que yo me las trajera a Madrid y aquí están, en la ventana y deben encontrarse bien y cómodas porque han crecido dos hojitas minúsculas. Y junto a las hayas un arce alto y presumido que mira a sus compañeros con un poco de superioridad. Llegó con hojas rosadas y ya está verdeando. Tres trocitos del paraíso creciendo en la ciudad.



La belleza es hermosa,pero cuando se comparte entonces se ilumina y hace que nuestros ojos brillen cantarines como los arroyos.
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