Ayer he ido por primera vez a los Teatros del Canal. No pasaba por esa zona desde hace muchos años, una zona que yo transitaba de pequeña con mamá y de jovencita con las amigas y me ha sorprendido ver lo que ha cambiado.
El teatro, un magnífico edificio de grandes cubos acristalados, está justo en la esquina de Bravo Murillo con Cea Bermúdez. Precioso, cómodo y con amplias zonas interiores para pasear en los intermedios, apoyarte el la baranda que rodea las dos calles y contemplar todo lo que abarcan esas paredes transparentes, del alto techo al suelo.
Al salir del metro me emocionó ver que en la esquina de enfrente sigue estando en el mismo lugar, que tantas veces he recordado, lo que llamábamos "los jardinillos", de los que hablaré en mi próxima página aunque, como era pronto, no pude resistir la tentación de cruzar y entrar un momento.
Ahora tiene una bonita valla alrededor y sigue siendo un pequeño espacio pero convertido en un lindo jardín con la fuente en el centro, juegos para niños y todo muy cuidado, nada que ver con aquel jardinillo con un par de viejos bancos y algún arbol.Bueno, volvamos al teatro. Hacía casi tres años que no iba a ver el Ballet de Víctor Ullate, al que he seguido siempre en diferentes teatros, muchas veces con Carol, que por cierto fue a su academia de ballet cuando era una adolescente.
Fue absolutamente alucinante. Con el paso de los años se ha ido superando a sí mismo, tanto en sus coreografías como en la calidad de su compañía de bailarines de todas las nacionalidades, con una técnica y perfección increíble. Pocas zapatillas y puntas y mucho pie descalzo.
Además el programa con el que ya ha recorrido medio mundo, es bellísimo. La primera parte "Tierra Madre", con música y canciones étnicas y tribales, precioso, pero la segunda parte es que no se puede explicar, hay que verlo y escucharlo. "Pastoral" de Beethoven, que ya solo la música te pone el vello de punta, pero la coreografía de Ullate es lo mejor que jamás he visto en sus ballets.
Es el camino de la vida: la niñez, los años del despertar, la madurez hasta llegar a la vejez y la muerte, aunque la magia de la danza, como pone en el programa de mano, hace resucitar a los protagonistas en el más allá, bailando, los ancianos resurgen a la vida, trascienden y rejuvenecen.
Fue todo tan bello e intenso que salí "flotando" de allí y dando las gracias por el privilegio de poder vivir unas horas tan hermosas.Conseguí la entrada para uno de los días que bailaban la pareja invitada, Lucía Lacarra, (Zumaia, Guipúzcoa) y su marido Marlon Dino, (Albania), dos grandes primeros bailarines del Ballet de Munich y otros famosos ballets internacionales.
Ellos llevan todo el peso y magia de la Pastoral y al terminar, el teatro se venía abajo de aplausos. Tuvieron que levantar el telón varias veces y a mí me dolían las manos y todo, de tanto aplaudir.
Bueno se me olvidaba mencionar a un joven y maravilloso bailarín solista, en la primera parte de la Pastoral, "la niñez". Fernando Carratalá, increíble.
Eres un genio, Víctor Ullate y toda la compañía. Gracias.





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