Hace unos veinte años vi en tv un reportaje sobre La Ruta del Cares en los Picos de Europa.
Me encantaron los bellos paisajes con esos casi 12 km. de ruta entre Poncebos y Caín, por ese camino estrecho y sinuoso entre las impresionantes y gigantescas montañas de piedra.
Me preparé calzado apropiado, cómodo y con grueso piso de goma, mochila y allá que me fui.
Llegué en autobús a Arenas de Cabrales. Allí me quedé dos noches, una a la llegada y otra a la vuelta de Caín. Es un bonito pueblo del cual hablaré en la próxima página.
Me informaron que la ruta comenzaba en Puente Poncebos y por la mañana bien temprano me cogí el autobús. Está muy cerca y enseguida encontré el principio del camino desde donde se veía el Naranjo del Bulnes. Antes me compré un bonito y práctico palo con la punta de metal y el nombre grabado de La Ruta del Cares, el río que ves al fondo de los enormes precipicios y que va siguiendo nuestros pasos hasta llegar a Caín, donde ya te lo encuentras a nuestra altura y a los jóvenes que se sientan en las grandes piedras, se quitan las botas y se refrescan los pies después de la larga marcha.
Ya había pequeños grupos que comenzaron el camino conmigo. Casi todos jóvenes y adelantaban a la abuela de sesenta años. Yo iba más tranquila pero luego me los encontraba descansando más adelante y viceversa. Nos reíamos y les sorprendía verme emprender esa aventura y además sola y que se lo iban a comentar a sus madres y abuelas. Muchos de esos jóvenes hacían la ruta de ida y vuelta en el mismo día después de comer y descansar un rato en Caín. ¡¡They were young!!
También iban algunas parejas de mediana edad, pero la más veterana era yo.A la ida te sientes más segura porque caminas a tu derecha, pegada a la pared de la montaña, pero cuando te cruzabas con los que hacían la ruta a la inversa, a veces teníamos que pararnos con la espalda apoyada en la pared para dejarlos pasar. Era bonito porque todos nos saludábamos y cruzábamos alguna frase de ánimo sobre la marcha.
Mucha agua y un sandwich de vez en cuando, ayudaban a seguir el interminable camino de tierra y a veces pedregoso. También el pararte a mirar y admirar todo lo que te rodeaba. Yo estaba alucinada cuando en esas paradas, sentada en alguna roca, levantaba la cabeza hacia las paredes de piedra a mi derecha, cuyos infinitos picos parecían tocar el cielo, o asomarme con mucho cuidado a esa también infinita bajada hasta el hilo de río que se podía divisar desde allí.
Qué espléndidas bellezas tiene la naturaleza escondidas aquí y allá. Era como ir por dentro de una gran grieta de los Picos de Europa, ("La Garganta Divina"), y contemplabas ante tus ojos kilómetros de ese camino de poco más de un metro de ancho, serpenteando entre las montañas y sabías que te quedaba eso y mucho más. Es tan impresionante y espectacular que no te importa el esfuerzo que va a representar recorrerlo.
La abuela aventurera y valiente seguía adelante sin prisa pero sin pausa, apoyada en ese estupendo palo, parecido al que llevaban casi todos los caminantes. Aún lo conservo en casa, para cuando se anime alguno de mis nietos. Las primeras etapas fueron fáciles, pero cuando tus piernas y pies llevan ya varios kilómetros a la espalda, vas notando el cansancio, prolongando las paradas y mirando los letreros para ver cuánto falta y reservar tus fuerzas.Lo peor fueron los dos últimos km. porque el cansancio era ya notable y cuando vi las primeras casas de Caín fue como el náufrago que avista tierra.
Allí había sólo dos albergues y un hotel de montaña. Me paré en el primero que encontré y no había ni una habitación libre y en el segundo tampoco. Le comenté mi preocupación al joven de la barra donde me tomé un refresco y un aperitivo y me comentó que no me preocupase porque los albergues, que son más baratos, se ocupan enseguida, pero que el hotel seguro que tendría plazas libres y fue tan majo, (y me vio tan cansada), que me dijo: "señora, si no fuera así y estuviera completo, vuelva aquí que mi madre se ocupará de arreglarlo para darle una habitación".
Me llegó al alma y por la noche, después de comer, ducharme y echarme una buena siesta en la bonita habitación que efectivamente pude ocupar en el hotel, me fui allí a cenar y darles las gracias de nuevo por su amabilidad.
En fin, que salí de Asturias y me encontraba en León y que a pesar del esfuerzo y cansancio no cambiaría por nada las horas que viví y disfruté en esa ruta. Nunca olvidaré toda la belleza agreste que contemplaron mis ojos.
En la próxima página, Caín y Arenas de Cabrales.





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