Caín de Valdeón es una aldea con menos de setenta habitantes y el resto somos todos turistas y caminantes que van de paso.
Precioso y tranquilo lugar escondido entre montañas, dentro del Parque Nacional de los Picos de Europa.
Dormí estupendamente en el hotel y después de desayunar me fui a dar una vuelta y conocer el pueblo.
Es muy pequeño y está rodeado de paisajes idílicos. Hice fotos preciosas y al mediodía comí en un típico restaurante donde anunciaban "caldereta de cabrito" que estaba riquísima, aunque me pasé un poco y me fui a rebajarlo paseando por la orilla del río, aquel que yo veía desde el camino como una pequeña serpiente plateada y en Caín lo tenía junto a mí, sentada en una piedra, acariciando el agua.Cogí el autobús por la tarde y los escasos doce km. que hay por la ruta, se convierten en cien km. por carretera y tardas poco más de horas en llegar a Arenas de Cabrales, por cierto que estaban en fiestas y nada más bajar del autobús veo un desfile de gaiteros tocando música de la tierra.

Total que dejé la mochila en el hotel y me integré entre los turistas y locales a disfrutar de las fiestas.
Había entoldados con bailes típicos, cata de quesos, en fin, una tarde muy bonita y que no me esperaba. Qué dulce y preciosa es la música de la gaita asturiana, así como los bailes, con sus vistosos trajes regionales.

Al día siguiente, antes de coger el autobús hacia Madrid, fui a "La
Cueva del Quesu", con visita guiada donde te explican la historia del queso de Cabrales, proceso de elaboración y la vida de los pastores de los Picos de Europa.
Todo muy interesante, pero allí sólo hay algunos quesos, fotos, etc., y aunque es una galería de cueva natural muy bonita, resulta que la auténtica cueva de maduración del queso está cerca de ésta pero no se puede visitar y sólo entran los artesanos del producto. Al salir nos llevaron hasta allí y antes de acercarnos ya te llega el fuerte olor del queso y eso que la puerta está cerrada a cal y canto. Entrada a la cueva
Compré en una tienda especializada que sólo vende estos quesos, muy diferentes unos de otros pero todos con el sabor y olor característicos. Me dieron a probar algunos y me traje a Madrid uno muy hermoso para compartir con la familia.
Huele tan fuerte que te lo envuelven y preparan con un sistema especial para aislar el olor.
Antes de coger el bus comí en una terraza un poco de Cabrales batido con sidra y pan de la tierra, todo exquisito.
Escapada que tuvo de todo, aventura, cansancio, gastronomía y descubrimiento de paisajes alucinantes.



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