miércoles, 18 de noviembre de 2015

La tristeza de la Esfinge...



...que me estoy imaginando sola en aquel desierto con la única compañía de las Pirámides a su
espalda.

Después del terrible episodio del avión que se estrelló en el Monte Sinaí poco después de despegar del aeropuerto de El Cairo el pasado mes de octubre, se han cancelado miles de reservas de todo el mundo y los turistas que quedaban allí, han sido repatriados en cuanto se supo que había sido un atentado terrorista.

Ya comenté en mi página sobre Túnez la pena que me da lo peligroso que es viajar a esa zona en la actualidad.

Yo tuve la suerte de hacer esos viajes cuando todo era normal y tranquilo. Son países que viven principalmente del turismo y ahora se encuentran con el problema del miedo de la gente a visitar lugares donde el yihadismo puede actuar en cualquier momento.

En fin, seguiré narrando mis últimos tres días en la ciudad de El Cairo.

Salimos por la mañana hacia Giza y en esa zona increíble pasamos todo el día.

Primero paramos junto a las Pirámides, Keops, Kefrén y un poco más alejada, Micerinos, las tres únicas que quedan, aunque en su época, hace miles de años, eran más de setenta, pero las asaltaban y destruían para buscar los tesoros de las tumbas de los faraones y también para llevarse las piedras ya cortadas en grandes cuadrados y utilizarlas para construir palacios, casas de nobles y gente importante y con poder y así evitar tener que hacerlo a través de las canteras de granito.

Todo esto nos lo explicaba el guía, que por cierto fue muy majo y cuando vio que no llevaba gorro para protegerme del sol, (hacía mucho calor), sacó un pañuelo largo blanco de los varios que tenía envueltos en bolsas de celofán y me lo puso en la cabeza a modo de turbante, en un momento y con una maña que me quedó estupendo y ya no me lo quité hasta volver al hotel por la tarde.

Pero volvamos a las Pirámides. Cuando las veo aparecer ante mí, grandiosas, impactantes, no me lo podía creer, después de verlas tantas veces reproducidas a lo largo de mi vida, allí estaban reales, vivas y yo junto a ellas, tocándolas, mirándolas como si fuera un sueño del que iba a despertar. Qué emoción, casi se me saltan las lágrimas.


La visita incluía la entrada en una de ellas, (Kefrén), hasta la tumba del faraón. Nos avisaron de que el techo era muy bajo y había que caminar un poco encorvados y también que la temperatura en el interior pasaba de los cuarenta grados.

Yo deseaba tanto hacerlo que me aventuré y entré con los demás en fila india, pero no había caminado más que unos metros cuando la prudencia me sopló al oído que no siguiera adelante y me di la vuelta uniéndome a la fila de los que salían sudorosos y deseando respirar aire puro. Luego me comentaron los compañeros del grupo que hice muy bien en volverme, que habían pasado un calor terrible.

Nos dieron tiempo libre para hacer fotos y disfrutar de todo aquello antes de subir de nuevo al minibús para acercarnos hasta la Esfinge.

Otra maravilla que me impresionó mucho. Qué bonita e inmensa, con su cuerpo de león y su cara achatada y deteriorada por las !!bombas con las que quiso destruirla Napoleón!!, es una de las leyendas o teorías, como nos contaba el guía.

Está rodeada de un camino vallado y en alto, para poder dar la vuelta completa alrededor de ella y poderla contemplar desde todos los ángulos.

En aquellos años yo llevaba una cámara de las antiguas con carrete y esos carretes volaban sin sentir. Recuerdo que me llevé siete a Egipto y tuve que comprar más allí.

Un día verdaderamente inolvidable. Me dio tanta pena marcharme de allí...

Sabes que no volverás a ver esas joyas de la historia, así que las miraba y miraba despidiéndome de ellas.

                                                           continuará...

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