Los dos últimos días en El Cairo fueron moviditos y con un final inesperado.
Antes de visitar el magnífico Museo Nacional, nos llevaron a la Mezquita de Alabastro, llamada así porque gran parte del exterior e interior es de mármol de alabastro, aunque su verdadero nombre es Mezquita de Mohamed Alí, una maravilla.
Había que entrar con un velo en la cabeza y como nos lo había comentado el guía, todas las chicas llevábamos pañuelos para no tener que coger uno del gran cesto a la entrada y que habían estado sobre muchas otras cabezas porque se volvían a dejar allí a la salida.
Qué contrastes tan enormes hay en estos países árabes. Sales de un lujoso hotel de cinco estrellas, de una bellísima Mezquita, todo limpio y brillante y cuando necesitas, más o menos urgentemente, un toilet, como nos pasaba a todas después de la larga visita, resulta que sólo hay uno público allí cerca, te pones a la cola y cuando entré tuve que salir corriendo porque las condiciones eran prehistóricas y el único remedio es aguantar y esperar a llegar al restaurante donde íbamos a comer.
Estas negativas experiencias las tuve en los diferentes países árabes donde viajé.
¿Cómo pueden los gobiernos cuidar de sus monumentos para que los visiten miles de personas y abandonar por completo algo tan básico y necesario como los servicios públicos?
En fin, todo se arregló en el bonito restaurante típico donde comimos estupendamente.
Y nos esperaban horas que yo siempre califico de mágicas cuando te adentras en un lugar como el Museo Nacional de El Cairo donde vas de asombro en asombro descubriendo objetos milenarios e históricos.La segunda planta está totalmente dedicada a Tutankamón, sus tesoros, sarcófagos y las enormes cajas que los guardaban.

Hay una gran sala con la famosa máscara que cubría la cara del joven, 19 años, y bello faraón, al que asesinaron a tan temprana edad, (30 kg. de oro macizo, lapislázuli y turquesas), y todas las joyas que adornaban su cuerpo: collares, pulseras, brazaletes y anillos. Todas de oro y piedras preciosas.
En las vitrinas, letreros, datos y
notas en inglés explicando los detalles que no todo el mundo podía leer, (pero yo sí, ja, ja).Los compañeros llamaban a la "senior" del grupo para que les aclarase un montón de cosas y yo, muy chula y condescendiente, se lo leía y todos tan contentos.
Lo que hay dentro de aquel museo es para verlo, no para contarlo.
El último día lo dedicamos a visitar una fábrica de maravillosas alfombras, pero sobre todo a caminar por el Gran Bazar El Khalili con el guía al que no perdíamos de vista porque aquello es un laberinto inmenso y donde se pasa el tiempo sin sentir.Allí compré tres conjuntos árabes para mis niños y una pasmina para Carol y otra para mí, pulseras con el escarabajo de la suerte y pequeñas cosas de recuerdo.
Después al hotel porque salíamos muy temprano hacia el aeropuerto.Teníamos una cena-buffet especial de despedida en el precioso comedor. Yo, que tenía apetito porque habían pasado muchas horas desde la comida, no me privé de nada y eso tuvo consecuencias.
Este es el final inesperado del que hablo al principio. A mitad de la noche empiezo a sentir dolores estomacales fuertes y tuve que llamar a recepción.
Me mandaron un médico que me puso dos inyecciones pero apenas me mejoraron y me dijo que con esa gastroenteritis no estaba en condiciones de viajar.
Llamé al coordinador de la compañía que subió a la habitación y me dijo que no me preocupase y que él se ocupaba de cambiarme el vuelo a la tarde-noche, que me lo dejaría en recepción y vendrían a buscarme y mientras yo podía seguir en cama unas horas más.
Poco a poco mejoré bastante y pude realizar ese viaje, aunque el vuelo se me hizo largo y estaba deseando llegar a casa.
Esto fue lo único negativo de este bonito viaje, pero ocurrió al final del mismo cuando ya había disfrutado de todo y no me tuve que perder nada, sólo llegar unas horas más tarde a Madrid.
Todo merece la pena en viajes como este.



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