...se acercaba y los últimos toques eran frenéticos porque nos cogía el toro.
Hablando de toro, compramos una vaquilla para la inauguración y así celebrar una capea antes de la gran barbacoa en el patio grande.
La llamamos "Morucha" y era preciosa y como la plaza de toros tenía unos toriles bien preparados para alojarla, allí se quedó un poco solita hasta que llegara el gran día, pero la veíamos y hablábamos desde arriba. Por supuesto nadie la iba a hacer daño, sólo capotazos para entretenimiento de invitados, de lo cual se encargaría un joven novillero que empezaba y luego para alguna capea que organizásemos, pero siempre para devolverla a toriles y dejarla tranquila.
La plaza de toros, con aforo para 500 personas, había quedado muy bonita pintada la barrera, y en las vallas de obra que la rodeaban en la parte de arriba, grandes y negro sobre blanco, las marcas de los hierros de diferentes ganaderías.
Antes de escribir sobre la fiesta de apertura tengo que comentar algo que ocurrió la noche anterior. Fue un gran susto que podía haber terminado en algo grave, pero que por suerte se quedó en eso, un susto.
Una de las ocurrencias de Gerardo, y sin consultarlo con nadie, fue llevar a Frascuelo un enorme y medio salvaje pastor alemán, "para que cuidase de la finca".
Resulta que había pertenecido a la Guardia Civil y se lo habían pasado a un conocido nuestro que tenía en el barrio una casa antigua con patio. Entró en la pizzería con la cara y el cuello fatal y llena de puntos y le dijo a Gerardo que le había atacado el perro y que si lo quería, sería un buen guardián de todo el complejo.
Era muy peligroso y lo llevaron con bozal y bien atado y una vez allí lo engancharon a una larga y fuerte cadena para que se pudiese mover, junto a una caseta grande que había en la parte alta, donde empezaba la colina de los olivos.
Cuando me enteré y lo vi allí, ladrando como una fiera y queriéndose tirar a todo el que intentaba acercarse, tuvimos bronca y Gerardo queriendo convencerme de que era una seguridad para posibles ladrones que pudieran entrar y que el perro los ahuyentaría.
Eso era absurdo porque estaba atado y si alguien quisiera entrar en alguno de los diferentes espacios y edificios, lo haría igual.
A mí también me preocupaba que un día lograra soltarse y atacase al que pillara. Me prometió que se lo pasaría de nuevo a la Guardia Civil del pueblo después de la apertura.
Cuando tenían que llevarle la comida era un problema porque no podían acercarse y mientras que Gerardo le distraía por un lado, Gery se lo dejaba por el lado contrario, cerca de la caseta.
La noche anterior a la apertura subieron los dos, como siempre y Gery empezó a confiarse un poco porque era al único que apenas ladraba y cuando estaba dejando la comida, se le abalanzó y no le dio tiempo a apartarse. Le atrapó con los colmillos la parte baja de la pierna, junto al tobillo y no soltaba, hasta que le pegaron fuerte con los puños y patadas de Gerardo y soltó.
Se fueron a urgencias y además de la cura le pusieron la inyección contra la rabia y tétanos, pero puntos no porque en los dos orificios que le dejó esa fiera había que echar cada poco tiempo agua oxigenada con chorro fuerte para que fuera saliendo el mal de dentro. Se lo desinfectaron y vendaron y con antibióticos pasó la noche allí con su padre pensando en "la fiesta" que tenían que atender pocas horas más tarde.
Yo no me enteré hasta el día siguiente y lo que le dije a Gerardo mejor que no lo repita en esta página.
Él se sentía culpable y arrepentido y se lo tragó todo.
Llamaron a la Guardia Civil diciendo lo que había sucedido y enseguida se presentaron por la mañana y sacrificaron al perro. Dijeron que ese perro estaba loco y que había sido entrenado para atacar y era muy peligroso.
Las heridas eran profundas, pero Gery era muy fuerte y yo estaba alucinada de verle atendiendo a todo el mundo y además disfrutando de la fiesta, que contaré en la próxima página.
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