martes, 6 de junio de 2017
Monte Licabeto...
...que fue el interesante pero agotador epílogo a nuestra escapada a Grecia.
Cogimos el autobús que nos llevaba a Kolonaki, considerado un barrio señorial al pie del Monte Licabeto, con restaurantes de lujo, embajadas y edificios espectaculares, pero lo que nos esperaba no era de lujo precisamente sino una interminable escalinata con la que no contábamos porque nos habían hablado de un funicular y resulta que para llegar al mismo tienes que subir una innumerable cantidad de escalones que, además te engañan, porque cuando miras hacia arriba piensas que al final de lo que te alcanza la vista, se acaba la cosa y te encuentras con el funicular.
Pero no era así y al llegar despacito y haciendo palanca en el pasamanos, nos encontramos con otro tramo tan largo y empinado como el anterior.
Y comenzamos a sopesar el dilema de seguir adelante o volvernos hacia abajo a comer en uno de los bonitos restaurantes que hay en la zona. Carlota me decía que lo que yo decidiese, pensando en el cansancio y esfuerzo de su abuela. Ella con 16 años estaba como una rosa y subía sin problemas. Al final me animé al pensar que habíamos hecho la mitad del camino y que despacio y sin prisas haríamos el resto.
Llegamos a la plataforma donde está el funicular pero antes nos sentamos en la terraza de un bar a descansar y tomarnos dos buenos helados.
Lo del funicular es una engaño y un robo. Allí no hay descuentos para nadie y pagas 15 euros por un trayecto muy empinado pero muy corto, la mitad de lo que habíamos subido a pie.
Y por fin llegamos a la cima, que realmente es impresionante porque es la colina más alta de Atenas y ves toda la ciudad como si fueran hormiguitas a nuestros pies. Hasta la Acrópolis, que se ve desde allí, está muy por debajo del Monte Licabeto, (300 mt. sobre el nivel del mar).
Dimos toda la vuelta haciendo fotos y después nos sentamos a comer en el bonito restaurante que hay allí. Es fantástico estar comiendo y tener delante esas vistas tan espléndidas.
Hay una pequeña iglesia ortodoxa pero estaba cerrada, así que después de comer bien y hacer un poco de sobremesa, emprendimos el camino hacia abajo muy despacio y tranquilas.
Esa noche cenamos en el precioso restaurante de la planta 12 del hotel teniendo frente a nosotras otra vista magnífica, nada menos que la Acrópolis y el Partenón iluminado. Una experiencia inolvidable.
Y así transcurrieron esos casi cinco días estupendos en esta ciudad de Atenas cuya historia se extiende más de 3.000 años, lo que la convierte en una de las ciudades habitadas más antiguas.
Cuánta Historia, qué papel fundamental en el desarrollo de la democracia y centro cultural donde vivieron muchos de los grandes artistas, escritores y filósofos de la Antigüedad y su influencia en el desarrollo no sólo de Grecia y Roma, sino de la cultura occidental en general.
Un pequeño-gran viaje.
domingo, 4 de junio de 2017
Acrópolis y Parthenón
Este increíble lugar de la Historia, que no puedes dejar de visitar estando en Atenas, te asombra y te fascina desde el primer momento cuando empiezas a caminar y a veces casi escalar esta inmensa colina hasta llegar a la cima donde se encuentra el Partenón y otros restos y ruinas de templos y palacios.
Yo no tenía ni idea de lo difícil y escarpado de los caminos pedregosos que nos esperaban y que te van señalando con carteles y cuerdas para no pisar terrenos acotados y protegidos. Si llego a ir sola en este viaje, como de costumbre, hubiera sido realmente duro para mí realizar esta visita imprescindible, pero afortunadamente lo hice con mi nieta Carlota y allí estaba siempre su mano fuerte para salvar todos los escoyos.
Llevábamos calzado apropiado, pero el cansancio hace mella sobre todo cuando tienes 80 añitos. Menos mal que íbamos tranquilas y sin prisas parando aquí y allá para descansar o captar las mejores tomas de las maravillosas fotos que hizo Carlota con su estupenda cámara.
Y esas tomas eran continuas porque cada paso que das vas descubriendo ruinas bellísimas. algunas se conservan bastante bien, como el teatro de Adriano, restos de templos, etc. Veo en Wikipedia que gran parte de los edificios arquitectónicos que forman la Acrópolis se edificaron durante la época de Pericles, (499 a.C.- 429 a.C.) Se conservaron en buen estado hasta el s. XVI durante la dominación otomana.
Según vas subiendo la colina vas dejando atrás la ciudad de Atenas y llega un momento en que la ves muy pequeña a tus pies. Cuando estás a punto de alcanzar la cima te reciben grandes y bellas columnas que te anuncian estar cerca del Partenón y cuando lo tienes delante das por bien empleado el esfuerzo realizado.
Y allí está, magnífico, aunque las grúas que hay en el interior por las constantes obras de rehabilitación, distorsionan un poco lo que tus ojos quieren ver y adivinar lo que fue. Y te molesta observar ese frontal destrozado y desnudo de las esculturas que "los hijos de la Gran Bretaña" saquearon, (Lord Elgin a principios del s. XIX), para llevárselas al Museo Británico de Londres.
Leo que el Partenón era residencia de las jóvenes, "Residencia de Atenea Partenos", construído entre 447 a.C. a 432 a.C.
La bajada fue más leve pero con un calor tremendo. El primer kiosko que vimos nos tomamos dos grandes zumos naturales de naranja y repuesta la semi-desidratación, nos sentamos en la terraza entre árboles de uno de los muchos restaurantes de la zona y nos comimos una musaka gigante que nos supo a gloria.
Tuvimos una buena sorpresa al principio cuando sacamos los tickets porque vimos que valían 30 euros cada una y yo con mis 60 preparados en la mano resulta que fueron sólo 15 porque mayores de 65 pagan la mitad y menores de 18 años años es gratis. Y lo mismo nos ocurrió en museos, etc.
En fin, un día grande por todo lo que vivimos en ese lugar magnífico e histórico.
Próxima y última página "Monte Licabeto"
viernes, 2 de junio de 2017
Poros y Egina
Poros, (paso en griego), es otra pequeña isla de las llamadas Sarónicas, un pueblo de pescadores tranquilo y acogedor, parecido a Hydra con sus casas muy blancas y muchas de sus puertas y ventanas de un azul añil intenso.
Sus plantas trepadoras con esa flor color fuxia y algunas moradas que tanto abunda en Grecia, aquí crecen por doquier y Carlota hizo fotos realmente bonitas.
Caminamos por sus estrechas calles y vimos de lejos lo que nos indicaron eran los restos de lo que fuera templo de Poseidón. Esto ya en Egina.
Egina, que recibe el nombre de la amante de Zeus, está junto a la costa del Peloponeso en el Golfo Sarónico y frente al Pireo.
Es la más grande de las islas que visitamos, pero con menos encanto que las anteriores. Aparte de las ruinas de antiguos templos, tiene un puerto importante y un gran paseo marítimo con muchos cafés todos en fila mirando al mar y con unos sillones muy cómodos para atraer al turista. En uno de ellos nos sentamos Carlota y yo a tomar dos buenos helados en unas lindas copas de cristal grueso azul.
Llama la atención una costumbre que tienen los griegos, no sólo de las islas, sino en Atenas y también en el barco. Antes de servirte lo que hayas pedido, aunque sea un simple café, te ponen botellines de agua muy fría y dos vasos. Al principio comentábamos: ¿tú has pedido agua?, pero luego nos dimos cuenta enseguida de que era una buena costumbre de los atenienses.
La base económica de Egina, aparte del turismo, son los pistachos que exportan a muchos lugares. Al bajar del barco ves muchos puestos desde los que te ofrecen probar, con cucharitas desechables, todo tipo de productos, salados y dulces exquisitos, cuya base son los pistachos.
No son baratos, pero es tal la variedad y calidad que te dan ganas de llevarte más de uno. Nosotras compramos un frasco de pesto para llevárselo a Carol.
La vuelta en barco a Atenas fue muy amena porque es una larga travesía a última hora de la tarde y hace viento fresco en cubierta, así que nos reunimos casi todos en el salón grande, que como está rodeado de grandes ventanales al mar, da gloria estar allí. Tocaban música popular de canciones conocidas e interpretadas por un solista que cantaba muy bien y al final una pareja de bailarines con el tema de Zorba.
Allí tuvimos un encuentro con otra pareja completamente distinta a la de los canadienses que comento en otra página anterior. Este matrimonio, más o menos de mi edad, eran griegos y al igual que la otra pareja, absolutamente encantadores y podíamos hablar en inglés porque emigraron a Australia hace ¡40 años! y allí se quedaron y criaron a sus cuatro hijos. Viven bien en Sydney y nunca regresaron a su tierra para quedarse, sólo lo hacen cada varios años para unas cortas vacaciones porque la nostalgia y el recuerdo de su Grecia no les abandonó nunca. De origen humilde, allí encontraron una vida mejor para ellos y su familia, pero ella me decía en su inglés básico que nunca llegó a adaptarse del todo y hubiera querido volver para quedarse. Hablamos mucho del tema y los pros y contra de una decisión tan importante como es la de migrar a un país tan lejano, pero por otra parte tan bueno en muchos, muchos aspectos, de nuestra estancia en Melbourne durante casi quince años, en fin, fue curioso y una casualidad encontrarme con personas que habían emprendido la aventura australiana, pero en esta ocasión se quedaron a vivir allí para siempre. Carlota me hizo un par de fotos con estas personas tan entrañables y cariñosas. Ellos no manejan internet y no hablamos nada de comunicarnos al despedirnos, pero nunca me olvidaré de ellos.
Un día espléndido y muy completo de nuestra escapada a Grecia.
Próxima página Acrópolis y Parthenón.
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